El electo Defensor del Pueblo, Liborio García ha perdido la batalla por mantenerse en el cargo, que debe asumir mañana. En su contra se han agrupado diversos sectores que generan opinión pública y él no supo explicar de manera sencilla los pormenores del proceso de familia en el que se fue envuelto su matrimonio.
En verdad no es sencillo para nadie explicar en público las diferencias que en un momento dado haya tenido con su pareja. Hoy muchos lanzan piedras contra el techo del nuevo Defensor del Pueblo, pero pocos están exentos de una crisis matrimonial.
En realidad a estas alturas ya no importa si García fue absuelto o no de los presuntos cargos de violencia intrafamiliar que se le endilgan. Ya el tipo fue satanizado y sería imposible para él ejercer adecuadamente la función de Defensor del Pueblo, con todo lo que se ha dicho en torno a su figura.
El hombre que se presenta como un católico practicante y que ejerce de Ministro Extraordinario de la Comunión, falló al momento de exponer sus argumentos de defensa y más bien complicó su propia situación. La sociedad no tuvo compasión para con él y se lo comieron los leones, sin importar los esfuerzos que hacen los García para salvar su matrimonio.
La renuncia mañana o pocos días después es cuestión de tiempo. Ojalá que en el nuevo proceso de selección de candidatos los que tengan algo que objetar de algunos de los aspirantes lo haga con anticipación y no después, para que no quede el sabor amargo de que se trata de la reacción de un mal perdedor.
De la sociedad organizada esperamos que así como cumplió un papel fiscalizador con el tema de la Defensoría del Pueblo, lo haga al momento de escoger a otros cargos y no permanezca como convidados de piedra frente a lo que pasa en el país.