En el mundo hay millones de seres humanos que padecen hambre física, hecho que ofende terriblemente a Dios y es una bofetada al rostro de un sistema económico injusto y a un ambiente generalizado de corrupción fundamentado en el egoísmo humano, pero hay otra hambre más intensa, dramática y universal que es el hambre de Dios, de trascendencia, de eternidad. El no saciar esta hambre lleva a los seres humanos a cometer las más grandes atrocidades como acaparar el bien común para algunos haciendo pasar hambre física a muchos, excluyendo a las mayorías del disfrute honrado de los bienes de la creación y atropellando la dignidad humana de tanta gente. El no saciar el hambre de Dios provoca el hambre física de gran parte de la humanidad, ya que la raíz de las injusticias es el pecado del egoísmo humano. Un hombre lleno de Dios no puede ser injusto, ni inhumano con nadie. Un país donde la mayoría adore de verdad a Dios no puede ser invasor ni explotador de otras naciones.
Estamos hechos para Él, tenemos ansias de eternidad, nacimos para lo eterno, lo puro, lo inocentemente bello y sublime, lo que trasciende la materia, y no estaremos tranquilos hasta saciarnos de eso. Mientras no logremos estar con Él, estaremos posando como maniquís en las vitrinas del mundo nuestro cuerpo, ropa, carros, títulos y cuentas de banco, intentando con la vanidad atraer la mirada de otros y sentirnos bien adorando nuestro ego. Éste es tan tonto, ignorante y ciego, que cree que recibiendo alabanzas y reconocimientos, estará en la "gloria". Pero nada de esto llena. No llena todo el poder que podamos adquirir, porque mientras no nos sintamos amados por el que es el Infinito Amor, todo lo que aparenta darnos felicidad se gasta, envejece, se pierde, se muere. Todo lo que buscamos afanosamente confundiéndolo con Dios, nos deja al final vacíos.
Y como nada llena el corazón del ser humano, sólo Dios, la gran tragedia nuestra consiste en andar buscando mil maneras de saciar nuestra hambre de divinidad, dando tumbos durante toda nuestra vida, buscando allí y allá lo que jamás podrá llenarnos. Por eso las idolatrías y los crímenes subsiguientes, las grandes torpezas que cometemos, dejan tantas víctimas inocentes en el camino. Lo ideal sería tomar conciencia de la Presencia de Dios, llegar a tener un contacto permanente con ese Ser que lo trasciende todo y que está en todo, llamarlo Padre gracias a la revelación de Cristo y amarlo con todo el corazón. Eso nos haría invencibles a las idolatrías.