Cada vez más la mujer está asumiendo papeles importantes en la política, en la cultura y en la sociedad en general.
Con exquisita delicadeza, Dios ha depositado en el corazón femenino el torrente de la piedad, el manantial de la fe. No es sólo el sentimiento; es la grandeza del amor y de la fe. Cuando observamos nuestros templos en las celebraciones dominicales, constatamos una proporción más o menos del 85% de mujeres y el resto de varones. ¿No nos dicen nada estos hechos? ¿No significa un detalle especial el que Cristo cuando resucitó se apareció primero a las mujeres? ¿Por qué en la subida del calvario los amigos que acompañaban a Jesús eran casi sólo mujeres?
El corazón de la mujer es el santuario de Dios, la llama del hogar, la vida de la iglesia. Pero en el campo de la educación, incluida la religiosa, es donde la mujer despliega lo mejor de sí misma: la ternura, el sentimiento y el amor que hacen que las cosas se aprendan por amor.
No podemos reducir a la mujer a ser un convidado de piedra o a un simple elemento decorativo en la acción de la iglesia. Cómo se nota en una parroquia, cuando el cuidado del despacho parroquial, del templo, del altar están a cargo de las mujeres: qué pulcritud, orden, esmero en el cuidado de los vasos sagrados, los manteles, el ornato en general. Cuando falta el toque femenino, casi siempre se padece de la enfermedad de las tres d: desaseo, desorden, dejadez.
Poco a poco la mujer ha ido incursionando en todos los campos del saber humano, incluso el teológico, el bíblico, el litúrgico y muchas veces con mayor calidad y eficiencia que muchos sacerdotes que nos preciamos de saberlo todo.
El papel de la mujer en la Iglesia no consiste sólo en la colaboración en todos los ramos de la pastoral, sino también en la participación de las ceremonias religiosas por medio de los ministerios de la lectura, el canto, la música, el acolitado y la sacristanía.
P. Jorge Enrique Cortés
Rev. Vida Pastoral No. 125
La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del "genio" femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones, da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina.
Juan Pablo II- Mulieris Dignitatem