OPINION


Decisión espantosa

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Por Fermín Atencio
Colaborador

Con tierras agotadas, cerros de cumbres escarpadas y erosionadas por las lluvias frecuentes, lotes limitados para el trabajo, cercados de alambre del latifundista; sin consejos técnicos, para el mejoramiento de los cultivos y el consecuente control de plagas; sin ayuda oportuna, influenciados por el espejismo de la televisión, concadenado con las buenas nuevas de una vida fácil con aires de bailes típicos en sucesión ordenada, mancornadas con la baja moral y la poca voluntad de ser dueño de lo suyo; el campesino panameño un buen día dialoga con su humildad y en complicidad con los problemas que lo acosan; arregla en bultos sus harapos y los deposita en el saco de henequén o en la liviana, mugrosa y vieja valija, baja la guardia y en contubernio con la perdición, abandona la campiña con entusiasmo, pensando que en la capital está emplazada la gran bola de cristal que cambiará de pronto su suerte, de la noche a la mañana; transformándolo en el apacible sencillote acaudalado, abanicado por el aire de la satisfacción, muy peculiar de los ricos de las grandes urbes, donde se tratan toda clase de negocios, desde los más honrosos y honestos, hasta los más turbios y crueles; desertando del predio que lo vio nacer de aire fresco y de ocupación tradicional, para traspasarlo en pacto trasnochado e inconsulto a las manos de los industriales de los pueblos, émulos ancestrales, calificados comúnmente como potentados o poderosos, con la misión de continuar el laboreo de la tierra, ya en otra clasificación; en el plano mecanizado, cuya práctica cambia dando una voltereta de 360 grados.

De rudimentaria y sedentaria, ahora la vemos vestida de gala, tornada en mecanizada, productiva en grado superlativo, acelerada y compensatoria en niveles sumo. Los abonos, los fungicidas, los plaguicidas harán su agosto con cierto índice de peligrosidad.

La migración interna de los campesinos a las ciudades se ha tornado en grave dolor de cabeza para los gobiernos de turno. En el campo el costo de la mano de obra ha sufrido un cambio contundente con señal de carencia y, ¡ay!, en tanto en las ciudades, la gente se atropella en confuso hormigamiento, caminando de un lado para otro sin esperanza alguna; compitiendo ilusoriamente con los cargados de puntos y créditos que están en las mismas condiciones, sin trabajo.

 

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