Martes 15 de enero de 2002

 

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El mensaje del fuego

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Hermano Pablo
EE.UU.

Quizá fue una colilla de cigarrillo que, descuidadamente, los hombres arrojaron encendida. Quizá fue una chispa que saltó de su automóvil. Quizá fue una brasa que quedó rojeando bajo las cenizas. O quizá fue un poco de viento que, sin rumbo específico, levantó el vuelo. Pero el resultado fue la quema de trescientas mil hectáreas de bosque en el noreste de China.

El fuego, que parecía interminable, duró veinte días. El daño hecho no tenía medida. Doscientas personas murieron en el siniestro incendio. Al hacer las investigaciones del caso, la policía china arrestó a cuatro hombres. Ellos, en efecto, habían sido los culpables. Era descuido más que todo, pero estos cuatro hombres jamás pensaron que ese descuido daría origen al incendio más grande de los tiempos modernos.

¡Cuánta sabiduría encierran las palabras de la Biblia! El apóstol Santiago, en una pequeña frase, da todo un mensaje poderoso. He aquí sus palabras: ¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! (Santiago 3:5). Una diminuta brasa, una pequeña chispa, puede originar un fuego gigantesco que devora bosques, casas y personas, y convierte riquezas en cenizas.

Las pasiones del alma son así como el fuego. La ira es fuego que abrasa la voluntad. El rencor es fuego que quema el corazón. El odio es fuego que consume el alma. Y la codicia es fuego que reduce a cenizas la conciencia.

Los placeres sensuales son otro fuego destructor. Una vez que se apoderan de un hombre, de una mujer, forma una hoguera donde queda aniquilada la personalidad entera. Más gente se ha perdido por estas pasiones descontroladas y desorbitadas que por ninguna otra cosa.

¿Qué hacer para prevenir estos incendios destructivos que consumen cuerpo, mente y alma? El gran error humano es creer que esas pasiones bullen descontroladas dentro de nosotros, que somos víctimas de algo que nos consume y que nada podemos hacer para prevenirlo. Lo cierto es que no hay ser humano que no voluntad propia. Todos hacemos lo que queremos. Si queremos, podemos prevenirlo. Lamentablemente los placeres sensuales, así como el fuego, consumen todo lo que tocan, y ese libertinaje que nos permitimos nos destruye. Busquemos de Dios su fuerza divina. Comencemos pidiéndole perdón por nuestros pecados. Jesucristo nos dará a cada uno la fuerza para ser la persona digna que en nuestro fuero interno deseamos ser. Él nos dará libertad y nos hará victoriosos.

 

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