NUSTRA TIERRA

CUENTO
“La bruja de La Arena”

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Angel Santos Barrios Q.
Nuestra Tierra

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A inicios del siglo pasado, el distrito de Chitré estaba interconectado con sus dos corregimientos, Monagrillo y La Arena, pero en aquellos días, los grandes montes eran oscuros y misteriosos, separados por bosques vírgenes.

Cuando era niño, escuchaba a mis abuelos y tíos hablar de una mujer anciana que se convertía en diferentes animales porque supuestamente era una bruja.

Esas narraciones las escuchaba horas antes de irnos a dormir, cuando nos mudábamos a la finca de mis abuelos en las riberas del majestuoso río Santa María. Les confieso que esas conversaciones me ponían los pelos de punta y en ocasiones no podía dormir escudriñando un ojo en el bajareque del rancho.

Por cosas del destino, espoleado por aquellos recuerdos, decidí escribir lo que escuché de niño sobre: “La bruja de La Arena”.

A inicios del siglo pasado, el distrito de Chitré estaba interconectado con sus dos corregimientos, Monagrillo y La Arena, pero en aquellos días, los grandes montes eran oscuros y misteriosos, separados por bosques vírgenes. El camino de La Arena a Chitré serpeaba, de vez en cuando se aclaraba, se enturbiaba y como que desaparecía.

Por eso cuentan que una bruja se dedicaba a asustar a cuanto parroquiano utilizara este camino en horas de la noche. Hasta los más egregios chitreanos tenían conocimiento de las apariciones de la bruja.

Catica era conocida como una anciana que curaba enfermedades... “un flamante letrero hecho sobre una rústica tabla con letras de carbón de leña, que decía con laconismo telegráfico: Catica Curandera”. En verdad la anciana mujer presentaba aspecto de bruja, además tenía hendida la espalda por el pasar de los años.

Catica defendía su fama de “Curandera” con vehemencia; pero se enfurruñaba si le decían que era la bruja.

Todas las mañanas se comentaba en la región de algún lugareño asustado. Unos decían que habían visto a la bruja colgando de sus cabellos en un árbol a la vera del camino, otros que la habían visto convertirse en perro, vaca, venado o simplemente vagando por los montes de noche corriendo, brincando, porque era errabunda. Pasaba el tiempo, y más eran los comentarios de gente asustada por la misteriosa mujer. Cada vez eran menos los que se atrevían a utilizar ese camino en horas de la noche.

Había un joven de 25 años de edad, llamado Juancho, que reflexionaba, pensaba intensamente en aquel asunto: no podía dormir, cavilando en aquel misterio.

Juancho se propuso terminar con la necedad de la bruja esa. Decidió desenmascararla. Desempolvó un rifle de su padre que había sido utilizado en la guerra de “Los Mil Días”, de esos que sólo tenían un tiro y que había que meterle pólvora por el cañón; ¡ah! pero para cazar a la supuesta bruja, debería utilizar bala de “bronce”. Dicen que al demonio hay que tirarlo con ese tipo de proyectil.

El joven arenero se preparó con su viejo rifle y sus balas de bronce. Al anochecer se introdujo en la espesura del monte, entre La Arena y Chitré, dispuesto a encontrarse con la mentada bruja.

Juancho se veía deshecho de tanto bregar esa noche. De repente, allá por los confines del horizonte intempestivamente apareció coqueteando una hermosa “gama” (hembra del venado); no estaba asustada, al contrario, le danzaba elegantemente como bailarina de ballet. El animal en vez de asustarse, trataba de asustarlo a él.

Pasaron las horas, no ocurría nada; tenía unos ojos de hastío y una boca de hambre y sed que lo inducía a abandonar la empresa que se había propuesto de desenmascarar a la bruja, a pesar de que no sucedía nada, el tiempo transcurría; pronto llegaría el alba. Su alma visionaria le decía que algo fabuloso estaba por suceder. De pronto, trotando a su alrededor reapareció la grácil figura de la gama.

Ahora Juancho estaba preparado, apuntó y disparó al animal que salió como alma que lleva el diablo. El estaba seguro que la había herido, porque el animal cojeaba de la pata trasera izquierda. Algo hizo enmudecer a Juancho, porque no precisaba si lo hecho podría ser fausto o trágico.

Temprano en la mañana, Juancho visitó la casa de la curandera Catica. Ella estaba ahí, abrumada por el pesado fardo de los deberes domésticos.

Una vez asegurada de que el visitante se atrevería a usurpar sus derechos, dirigió su mirada con ojos felinos que fulguraban bajo la sucia toalla como ardientes brasas de leña de mangle colora’o.

Azarosamente la anciana da la vuelta, reprimida, tímida y amedrentada se dirige a uno de los oscuros cuartos de la casa.

Asustado, sobresaltado, Juancho contempló con enormes ojos azorados que Catica cojeaba, tenía un trapo de manta sucia ensangrentada en la pierna izquierda, unas pulgadas arriba del tobillo. “Ahora sí, Catica, veamos a cuántos sofismas acudes para ocultar que eres la bruja de La Arena”, le dijo Juancho. Ella le respondió sin mirarlo y deteniendo el paso mientras le daba la espalda.

“Eso me lo hice anoche con el machete mientras cortaba leña pa’ quemá unas vasijas de barro”.

Esta versión no embrollaría a Juancho, porque estaba seguro que su herida se la había propinado él esa noche, supuestamente cuando ella estaba convertida en “gama” para asustarlo y a otros que utilizarían aquel camino.

Cuentan que desde entonces, nadie más fue asustado por la bruja del camino y cuando Catica murió le escudriñaron la herida que no le sanó en su pierna izquierda, sacándole una bala de bronce, que Juancho examinó y comprobó que era la misma que había disparado con el rifle de su padre a una “gama” en noche de luna llena de octubre.

 

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