La cultura de un pueblo es definida por el alto grado de limpieza que ostenten las diversas comunidades que lo integran.
Después de transitar las calles y avenidas de la ciudad, concluimos que es vergonzoso lo que está sucediendo referente al aseo de la metrópoli, basura, basura y más basura nos invade por todas partes, sin poder ver una posibilidad que pueda servir de paliativo a nuestros deseos. No respetamos la bonita ciudad que tenemos de inenarrable suntuosidad elegante. Me es inexplicable comprender lo que veo y, como si esto fuera poco, no hay nadie que se digne en imponer los correctivos necesarios. Razón de peso impulsa a la gente desterrada de la buena cultura a tirar basura por los cuatro puntos cardinales. No hay un hueco ni espacio en el solar que no esté atosigado de inmundicias. Pienso que esto es cuestión de voluntad, de no existir este atributo estamos perdidos llevados por las manos del relajo y el desorden. Una legión de supervisores que actúen con sutileza sorprendiendo a los infractores, aplicándoles la debida sanción, estoy en perfecto acuerdo que el asunto lo tendríamos concluido. Hoy la cultura se nos presenta deteriorada con una fatiga y debilidad escandalosa que urge corregir, porque está plagada de faltas, sufriendo de males extraños e incurables, en los que no hay el alcance de un grado definido de desarrolla interior, lo cual es necesario acudir a un conocedor competente que efectúe las necesarias reparaciones.
A mi edad, jamás me he atrevido a arrojar un papelito en la calle, cualidad que me llama a pensar que es cuestión de formación hogareña que nos acostumbró a ajustarnos a la cultura superior, que obra en defensa de los buenos hábitos. Tenemos que hacer sacrificios siendo mejores o simplemente las autoridades tienen que salir de sus escondites y actuar fuera de todas las contemplaciones, en los que el estéril mandato queda resumido en la nada. Tener pánico en el cumplimiento del deber, también es una forma de ser sometido y dependiente.