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Domingo 26 de diciembre de 1999


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Largo rato llamando a mis muertos

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Hermano Pablo
Crítica en Línea

Era fiesta de fin de año a la orilla del mar. Todos contemplaban las azules aguas del Pacífico. Los once miembros de esa familia chilena pasaron un día magnifico. Sol, aire, agua marina, buena comida, alegría y paz.

El día llegó, por fin, a su conclusión. La fiesta terminó. El descanso, la bañada en el mar, la comida y la alegría juntos, todo llegó a su fin.

Volviendo a la casa en la ciudad de Villarrica, tuvieron un accidente. No se sabe si fue por exceso de alcohol, o si el que manejaba venía muy cansado, pero el vehículo en que venían erró la entrada a un puente y se precipitó a un barranco de diez metros de profundidad. Sólo se salvaron la anciana madre y una de las muchachas de la familia. Nueve cuerpos quedaron sin vida en el fondo del barranco.

«Largo rato, en las sombras de la noche, estuve llamando a mis muertos», eran las palabras de la anciana madre cada vez que relataba la historia.

¿Quién se imagina una tragedia de tal naturaleza en una fiesta de fin de año, en la que mueren nueve personas de una misma familia? ¿Quién podría sospechar que detrás de la alegría de un día de fiesta como la Navidad estuviera escondida la desgracia, la calamidad, la tragedia? Nadie. Ni una sola persona piensa en la tragedia en día de fiesta.

Sin embargo, los accidentes no tienen hora, ni ocurren en citas convenidas. En cualquier lugar, de cualquier forma, en cualquier día o a cualquier persona puede ocurrirle un accidente. Los días de grandes fiestas, Navidad, Año Nuevo, Semana Santa, el día de independencia, o cualquier otro día de fiesta no son en ninguna manera amuletos contra la desgracia. En esos días también se muere.

¿Qué, entonces, es la diferencia entre los que tienen su fe bien afirmada en Dios, y los que no? La diferencia consiste en cómo reacciona el uno y el otro ante tragedias imprevistas.

Cuando hay una fe sincera y segura en Dios, hay paz y calma en medio del dolor. No es que tenemos asegurada nuestra vida de alguna calamidad o accidente. De lo que sí estamos a salvo es del desconsuelo y la amargura que produce la calamidad.

Necesitamos, para cada día del año, una fe que triunfa sobre cualquier contratiempo o desgracia, una fe en Cristo, el niño del pesebre de Belén. Con Él, por Él y junto a Él triunfamos cada día sobre lo que ese día pueda traer.

 

 

 

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