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 Domingo 26 de diciembre de 1999


La Aterosclerosis y el dolor de mis piernas

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Por M.R. Hiller

Estimado Dr. Hiller: A mi padre le duelen las piernas en cuanto anda un poco. Los médicos llaman a eso claudicación intermitente. ¿Es un problema muy común? ¿Hay algo que pueda servirle de ayuda?

Estimado lector: Se llama claudicación intermitente cuando al caminar duelen las piernas y al descansar el dolor cesa, este problema afecta aproximadamente a 5 millones de estadounidenses, la mayoría de los cuales tiene 65 años o más. El dolor surge cuando la sangre que fluye hacia los músculos de las piernas es insuficiente. Las personas que padecen claudicación intermitente necesitan atención médica no sólo porque el tratamiento suele mejorar los síntomas sino porque el riego de sufrir infartos o derrames cerebrales es muy elevado.

Para llevar a cabo correctamente su función, los músculos necesitan sangre rica en oxígeno, y las necesidades aumentan a medida que el músculo trabaja más. En la claudicación intermitente, las necesidades musculares de las piernas, que aumentan al caminar, no son satisfechas adecuadamente, y los músculos faltos de energía comienzan a doler o a fatigarse. Al descansar, las necesidades disminuyen y el dolor desaparece. Algunos enfermos pueden caminar un buen rato antes de que el dolor aparezca mientras que a otros les duelen las piernas en cuanto llegan a la vuelta de la esquina. El dolor desaparece en el mismo periodo de tiempo que tarda en aparecer en cuanto los músculos empiezan a funcionar.

La aterosclerosis, la concentración de depósitos adiposos (placas) en las arterias, provoca más de 9 de cada 10 caso de claudicación intermitente. Las causas menos comunes pueden ser los coágulos de sangre, algún trauma físico y la llamada enfermedad de Buerger. En muchos casos la claudicación intermitente no es considerada como una enfermedad mortal o una amenaza seria para las piernas. Esta enfermedad tiende a estabilizarse con el paso del tiempo, de hecho los síntomas empeoran sólo en el 25% de los casos y mejoran en casi un 40%.

Esto no quiere decir que la claudicación muscular intermitente sea una enfermedad sin importancia puesto que sus consecuencias pueden disminuir gravemente la movilidad de la persona que la padece. Además, la claudicación intermitente supone un aviso de que las arterias que sirven al corazón y al cerebro se han estrechado notablemente debido a la aterosclerosis, aumentando así el riesgo de ataque al corazón y de derrame cerebral. La reducción del nivel de actividad que trae consigo el dolor de piernas contribuye al declinar físico de la persona y sobre todo tiene efectos negativos sobre su salud cardiovascular.

Una edad avanzada, fumar, tener sobrepeso, la diabetes, altos niveles de colesterol y tener alta la presión sanguíneo son factores de riesgo de la aterosclerosis y sus consecuencias, entre ellas la claudicación intermitente. Los enfermos deben ser advertidos de que deben mantener dichos riesgo en un nivel lo más bajo que sea posible, o sea; dejando de fumar, manteniéndose en un peso saludable y controlando el azúcar en la sangre, el colesterol y la tensión sanguínea en niveles aceptables.

Dejar de fumar es especialmente importante para todos los enfermos que padezcan la claudicación intermitente y es crucial para aquellos que tienen la enfermedad de Buerguer. En esa enfermedad, también conocida como tromboangititis obliterada, la disminución de la circulación sanguínea tiene su origen en la inflación de los vasos sanguíneos, más que en las placas que se concentran en dichos vasos. El inicio y la progresión de la enfermedad de Buerger han sido vinculados con el tabaco, es por ello que abandonarlo es esencial para el control de la misma.

Hacer ejercicio, para que se pueda volver a recuperar la capacidad de caminar normalmente, es casi siempre lo que los médicos recomiendan a aquellas personas que padecen claudicación intermitente. Normalmente los ejercicios prescritos recomiendan a los pacientes que caminan de 30 a 60 minutos al día, con ello se consigue que anden incluso cuando comiencen a sentir el dolor. Generalmente a los enfermos se les indica que descansen cuando la claudicación muscular comience a notarse, después, más aliviados, deben caminar hasta que el dolor haya desaparecido del todo. En la mayoría de los casos, un tratamiento de dos a seis meses de ejercicios supervisados consigue que la distancia a recorrer sea cada vez mayor antes de que el dolor comience y antes de que se vean obligados a descansar. Por lo general, tras el tratamiento los enfermos pueden caminar dos o tres veces más la distancia que recorrían antes de someterse al programa de ejercicios. Pese a que los ejercicios deben contar con la conformidad del paciente y el visto bueno del supervisor, las compañías de seguros médicos no suelen pagar dichos tratamientos y los enfermos normalmente los han abandonado por sí mismos para seguir otros tratamientos.

Hasta hace muy poco, un anticoagulante sanguíneo llamado pentoxifilina (Trental) fue el único medicamento autorizado por la Agencia de Alimentos y Fármacos de los Estados Unidos (FDA) como tratamiento para la claudicación intermitente. A principios de 1999, el fármaco clistazol, vendido bajo la marca comercial de Pletal, se convirtió en el segundo medicamento autorizado por la FDA para combatir esta enfermedad. Los datos procedentes de ocho pruebas clínicas en las que participaron más de 2.000 personas revelaron que la distancia máxima recorrida aumentaba de un 20 a un 100% en los enfermos que tomaban 100 miligramos de cilostazol dos veces al día, en comparación con un porcentaje del 10 al 30 en enfermos que tomaron placebo.

En dichas pruebas, los efectos secundarios tales como dolores de cabeza, latidos irregulares, y diarrea fueron asociados con frecuencia al cilostazol más que al placebo. Medicamentos similares al cilostazol parece que aumentan el riesgo de muertes en los enfermos que padecen congestiones cardíacas, por lo tanto el cilostazol no debe ser prescrito para ellos. La FDA autorizó el cilostazol a cambio de que sus fabricantes se comprometieran a continuar con las investigaciones para evaluar la seguridad a largo plazo del medicamento.

En una investigación dirigida por el doctor Hugh Beebe, del Centro Vascular Jobst en Toledo, Ohio, más de 400 personas debían elegir por azar tomar por vía oral dosis de 50 a 100 miligramos de cilostazol o tomar un placebo dos veces al día. Después de 24 semanas, tanto la distancia recorrida sin dolor como la distancia máxima caminada se dobló aproximadamente en aquellos que tomaron los 100 miligramos de cilostazol. En el grupo que recibió 50 miligramos de cilostazol, la distancia recorrida sin dolor aumentó en un 73% y la distancia máxima recorrida en un 51%, comparada con el 32 y 1 18%, respectivamente, en el grupo del placebo. Las conclusiones de la investigación de Beebe fueron publicados el 27 de septiembre de 1999, en la revista especializada Archives of Internal Medicien.

Otra opción para tratar la claudicación intermitente es una técnica que consiste en restablecer de modo mecánico el flujo sanguíneo hacia las piernas. Los médicos o bien pueden eliminar las zonas obstruidas en las arterias circunvalando quirúrgicamente las mismas mediante cirugía (bypass) o bien reabrirlas con una angioplastia o implatando un aparato que las estrecha artificialmente. Cada vez se utilizan más dichas técnicas si bien continúa el debate sobre su valor a causa del riesgo y las complicaciones que entrañan, el coste que suponen, y la posibilidad de que sus ventajas sean a corto plazo. Estas intervenciones suelen practicarse sólo sobre enfermos con gran riesgo de amputación o aquellos que estén en una situación grave a pesar de haber adoptado los remedios al uso. Otros factores determinantes para decidir si a una persona se le practican o no tales intervenciones quirúrgicas son la localización, la gravedad y el número de arterias bloqueadas.

 

 

 

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Otra opción para tratar la claudicación intermitente es una técnica que consiste en restablecer de modo mecánico el flujo sanguíneo hacia las piernas. Los médicos o bien pueden eliminar las zonas obstruidas en las arterias circunvalando quirúrgicamente las mismas mediante cirugía (bypass) o bien reabrirlas con una angioplastia o implatando un aparato que las estrecha artificialmente. Cada vez se utilizan más dichas técnicas si bien continúa el debate sobre su valor a causa del riesgo y las complicaciones que entrañan, el coste que suponen, y la posibilidad de que sus ventajas sean a corto plazo. Estas intervenciones suelen practicarse sólo sobre enfermos con gran riesgo de amputación o aquellos que estén en una situación grave a pesar de haber adoptado los remedios al uso. Otros factores determinantes para decidir si a una persona se le practican o no tales intervenciones quirúrgicas son la localización, la gravedad y el número de arterias bloqueadas.

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