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Nació y murió en la ciudad de México. Su inspiración y gran facilidad para escribir versos lo hicieron el autor más popular de la segunda mitad del siglo diecinueve. Hoy se le recuerda como el poeta del hogar y de la patria, y el más fecundo pintor de la cultura hispana de su tiempo. No es de extrañarse que sus Cantos del hogar, colección de poemas sencillos y tiernos, fueran populares en México; lo extraordinario del caso es que se tradujeran algunos hasta a idiomas de países tan lejanos como el ruso, el húngaro y el japonés. He aquí un fragmento de uno de los poemas más conmovedores, al que Don Juan de Dios Peza le puso por título "Fusiles y muñecas":
Juan y Margot, dos ángeles hermanos que embellecen mi hogar con sus cariños, se entretienen en juegos tan humanos que parecen personas desde niños.
¡Oh misteriosa condición humana! Siempre lo opuesto buscas en la tierra: ya delira Margot por ser anciana, y Juan, que vive en paz, ama la guerra.
¡Oh hijos míos! No quiera la fortuna turbar jamás vuestra inocente calma; no dejéis esa espada ni esa cuna: ¡cuando son de verdad matan el alma!
Esa "misteriosa condición humana" a la que se refiere el perspicaz poeta mexicano fue la que tomó el niño Dios hace unos dos mil años al ser concebido en el vientre de la virgen María. Simeón tomó al niño Jesús en sus brazos y proclamó que sus ojos habían visto la salvación de Dios. Aquel Hijo de Dios se sometería no sólo a que su madre lo arrullara en sus brazos, sino a que sus verdugos lo clavaran en una cruz y le abrieran el costado con una lanza. Por eso Simeón le profetizó a María que una espada le atravesaría el alma.2 Al Hijo de Dios le habrían de partir el cuerpo, y a su madre, el alma. Y ese sacrificio y ese dolor se justificarían porque habría de ser la única manera en que niños como Juan y Margot, al aceptarlo como el precio de su salvación, podrían crecer y disfrutar no de una sola "noche de paz" y "noche de amor", sino de paz y amor por los siglos de los siglos. |