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Elefantes peligrosos

Hermano Pablo | Reverendo

Llegó una llamada urgente al departamento de ganadería en Kenia, África, con el fin de avisar que un elefante muy peligroso había matado a varios hombres. En tales casos en que un animal ha adquirido el hábito de atacar a seres humanos, hay que matarlo, ya que seguirá haciendo lo mismo.

Después de varios días encontraron al elefante y lo mataron. Al sacarle los colmillos, encontraron una bala disparada muchos años antes. Ese pedazo de plomo estaba presionando un nervio, que tuvo que haberle causado un dolor agudo desde entonces. A eso se debía seguramente el que el elefante se hubiera vuelto cazador de hombres.

Así como se explica la matanza de hombres por parte del elefante agredido por un hombre, también se explica la violencia que, en nuestra sociedad, la víctima de violencia les inflige a otros seres humanos. En los dos casos la violencia se explica, pero no se justifica, como tampoco se justifica que se aplique la llamada Ley del Talión, castigo que consiste en infligir al agresor un daño igual al causado por él. La violencia no resuelve nada; al contrario, engendra más violencia, y ese ciclo de violencia nunca se acaba. Por eso hay tantas víctimas de maltrato físico o verbal y de abuso deshonesto que tratan de igual modo a su cónyuge y a sus hijos. Lo aprenden de sus mayores, y luego se les hace casi imposible dejar de tratar con violencia a los miembros de su hogar.

A eso se debe que Jesucristo, en su Sermón del Monte, enseñara: «Ustedes han oído que se dijo: "Ojo por ojo y diente por diente." Pero yo les digo: ... Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra... Ustedes han oído que se dijo: "Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo." Pero yo les digo: ... Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, ... oren por quienes los maltratan».

Cristo no sólo enseñó la no violencia, sino que la vivió y murió practicándola. Frente al falso testimonio, humillación y azotes que sufrió en su juicio inmerecido ante Pilato y Herodes, Jesús no se defendió en absoluto ni siquiera de palabra. Y cuando lo clavaron a una cruz, puso en práctica su enseñanza de amar a quienes lo maltrataban y de orar por ellos diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Lo hizo porque su misión era amarnos hasta el punto de sufrir violencia y muerte por nosotros a fin de salvarnos y darnos paz. Fue así como dejó sentado el principio de que lo único que lo vence todo, incluso la violencia, es el amor.



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