Lo experimentado por el país con las constantes lluvias y se secuela de destrucción, nos debe hacer meditar, sobre la necesidad de prepararnos como país para minimizar los efectos de los fenómenos de la naturaleza.
Hay que revisar las normas de construcción de las carreteras para prevenir rajaduras, monitorear los cauces de los ríos para disminuir los daños ante un eventual desbordamiento y preparar a la sociedad sobre la forma de actuar ante la fuerza de la naturaleza.
Sin duda que se debe establecer una adecuada defensa civil desde los barrios para que la población sepa qué hacer ante un peligro de inundación, sismos, huracanes u otro evento que ponga en peligro la colectividad.
La mejor forma es comenzar desde las escuelas. Esa debe ser una labor constante y si es posible establecerla como materia con ejercicios prácticos y teóricos. De igual modo hay que retomar el voluntariado de la Cruz Roja e instituciones como las Muchachas Guías y los Boy Scouts.
El pretender que sean sólo el SINAPROC, los bomberos y los policías los que deben estar preparados para reaccionar ante una emergencia como la vivida esta semana por gran parte del país, es engañarse, porque no hay ni los recursos ni el personal suficiente para ello.
Se trata de una responsabilidad colectiva. Hoy apenas fueron una lluvias persistentes, pero mañana puede darse un evento de mayor peligro para la ciudadanía y mientras mejor preparación exista, menores serán los costos, sobre todo de vidas, que tendremos que pagar.
Los desastres no avisan, sino que toman por sorpresa, por eso depende de nosotros tener la formación necesaria para actuar en casos de una emergencia.