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Hay personas a quienes sencillamente no les gusta que las manden. Están acostumbradas a hacer lo que les da la gana, imponen sus criterios a mansalva y ni se inmutan en preguntar qué opinan los demás. Esta situación se hace peligrosa cuando quien pretende obligar a aceptar sus ideas y sus acciones, es un subalterno, o por lo menos un ciudadano sujeto a la ley. Esta gente no acepta que sus jefes les digan qué hacer, por dónde avanzar o cómo hacer las cosas. Simplemente actúan, y no esperan réplicas.
Cuando se trata de individuos civiles, y un policía les llama la atención o les pide la cédula, o les ordena hacer cualquier cosa, la respuesta es de soberbia, de reto, y todo termina -la mayoría de las veces- en tragedia.
En esas circunstancias las cosas siempre se ponen color de hormiga. Los proyectos en las oficinas se tornan difíciles, hay un ambiente raro y complicado, se enturbian las relaciones y se termina en estancamiento.
Por el otro lado, cuando se trata de situaciones civiles en la calle, la consecuencia de esta soberbia e incumplimiento es la anarquía, el desorden sin ton ni son, y la falta de una conciencia de orden y respeto. Tal vez todo tenga su origen en las casas, donde nuestros hijos no están siendo educados para que respeten la autoridad y acepten los lineamientos que determinan el orden y la paz. |