TEMAS DE ACTUALIDAD
Panamá, el día de la independencia
Rolando Gabrielli
Algunos gurús y santones del nuevo milenio enfatizan a diario sobre la desaparición de las fronteras, el fin del Estado, el reinado de las finanzas electrónicas y una suerte de economía de casino y de azar y especulaciones a tutiplén. Ya hay algo o mucho de eso, muestras representativas de la transnacionalización de la economía y globalización de los espacios del comercio, cultura y comunicaciones, donde los excluidos, que ya suman más de mil millones, ya no tienen cabida. Los resultados son alarmantes para las pequeñas y medianas naciones emergentes, pero para todos los pueblos, porque las diferencias entre ricos y pobres se agigantan por horas, y el mundo en que vivimos no es mejor en muchos sentidos. Es un panorama muy escueto del fin de milenio, desolador, donde el hombre ejecuta su mejor papel: lobo del hombre y de su entorno, al que avasalla y pone en peligro a la propia civilización. Para algunos resulta irónico conmemorar la independencia -reafirmación de la identidad de los pueblos- o la promoción de los valores más auténticos y caros a la nacionalidad, en tiempos de desborde, transculturización, modas, imitaciones vulgares y carentes de una personalidad propia y definida. Son tiempos singularmente inciertos, de la búsqueda de la luz en el túnel, y no porque cada día nos acerquemos más a las estrellas, habremos resuelto los problemas del hombre en la Tierra, en el lugar que específicamente nos pertenece, adonde llegamos para ser felices o inventar a diario la vida entre la familia, amigos, vecinos, el Estado y allende nuestras fronteras. Los cuadros expulsados por las imágenes de los medios instantáneos, no han cesado en esta última década por conformarlos y confirmamos un panorama de angustia respecto a no pocas naciones degradadas por conflictos que superan la imaginación humana y han hecho de la ficción una realidad. La degradación de la especie humana hoy no tiene fronteras y podemos verla con nuestros ojos a miles de kilómetros de distancia, pero está muy próxima a nosotros en cada desamparado, niño que trabaja, anciano que carece de un sustento primario, hombre o mujer sin trabajo, salud, educación o vivienda. Nuestra independencia real es con el bienestar de nuestra gente, en primer lugar, a través de las respuestas básicas para vivir con decoro, crecimiento y desarrollo, ser más libres, en una palabra. El hombre debiera ser protagonista de sus propias libertades, esperanzas, y no el condenado de la Tierra por sus propios hermanos, esclavo de nuevos ídolos o sometido al imperio y voluntad de fuerzas foráneas. El mundo se universaliza, achica, es global como una aldea, pero a pesar de ello, las identidades de los pueblos permanecen, sus culturas, tradiciones, fiestas, son en buena medida la razón de ser de la pluralidad y riqueza de cada país, porque la identidad es su última frontera.
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