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EDITORIAL
Urge corregir el rumbo
Todas las semanas, casi sin excepción, un escándalo sacude los nervios de la sociedad panameña. Si no es en el Gobierno, donde algún funcionario es señalado por corrupción o ineptitud, es en alguna empresa, donde se pierde dinero, se evade el fisco, o se engaña a los consumidores. También en la Iglesia, donde curas o pastores se ven envueltos en lamentables situaciones para nada sacras.
Ni hablar del alud de denuncias sobre maltrato intrafamiliar, violencia en las escuelas, educadores que se birlan el dinero navideño de los estudiantes, hijos que descuartizan a sus padres...
La sociedad panameña se mueve temblorosa en una cuerda floja que está a punto de romperse. Y abajo espera un gran vacío, o un estanque lleno de alimañas. Lo triste es, que pocos parecen darse cuenta, y siguen la vida como si nada, como si no fuera tan grave el hecho de que todos estamos armados con puñales, y nos apretujamos en el estrecho espacio que nos dio la naturaleza: más temprano que tarde, alguno saldrá herido... o peor aún.
¿Qué estamos esperando? ¿Que se desate el caos final, y todos arremetamos contra los demás, y terminemos sacándonos los ojos...? ¿Esperamos que nuestra nación se convierta en un detrito, donde no se pueda estar por la hediondez y el asco?
En el fondo somos un grupo humano pacífico, que le gusta la fiesta, la alegría, la tranquilidad familiar y los juegos infantiles. ¿Por qué no rescatamos de alguna forma esos valores intrínsecos del panameño, que tanto gustan a todo aquel que llega de visita, y quiere quedarse?
Los jóvenes están recibiendo el ejemplo que le damos todos los adultos, que somos culpables de semejante vejación social. Les estamos enseñando que el todo se vale, siempre y cuando consigamos lo que buscamos. Les decimos con nuestros actos que engañar es bueno, que la pelea es un valor y que la mujer es un objeto.
Nuestros hijos están viéndonos matar al vecino, hurtarle dinero al chino de la tienda, robar votos en una elección, pavearnos del trabajo cuando venimos averiados de una farra.
Nos corresponde poner un alto a tanto desvarío. Lo que está en juego es el futuro del país, la vida de los que vienen detrás nuestro. La Iglesia, los clubes cívicos, el Gobierno, las agrupaciones promotoras de la dignidad de la mujer, los scouts y niñas guías, los medios de comunicación principalmente: todos, ¡urgentemente!, debemos sentarnos para diseñar los caminos de escape de esta cárcel de inmoralidad, violencia y dolo en la que estamos metidos.
¡Y para mañana es tarde!
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PUNTO CRITICO |
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