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Una gran mayoría de panameños educa a sus muchachos para que sean empleados, segundos al mando, pero nunca dueños de su propio destino o empresarios. Y el sistema educativo nacional refuerza esa manera pasiva de ver el trabajo, y va formando obreros, nunca empresarios.
Y no es que ser obrero sea malo. Lo cuestionable es que los muchachos cuando salen de los colegios y las universidades no piensan en labrarse su propia historia, sino que van en busca de un trabajo, en una empresa de otro.
Igual puede decirse de los muchachos que por su suerte al nacer heredan una empresa, o el dinero suficiente para montar una. Pocos piensan en conquistar el mundo con ella, salir de las fronteras patrias y hacerse grandes y competitivos en el extranjero, para que su nombre y el de los suyos brillen en todas partes.
No, se conforman con el mercado local, y las influencias -políticas y económicas- que les permitan hacer dinero.
Tal vez sea eso lo que diferencia a los grandes países de los que están “en desarrollo”, como reza el eufemismo: la mentalidad de sus jóvenes. Los de allá quieren ser sus propios jefes, y conquistar el mundo; los de acá queremos tener un trabajito que nos propicie el dinero para la pachanga de fin de semana, o heredar el negocito y las influencias de papá. |