El odio no es una emoción productiva. Empaña la visión, distorsiona el juicio y conduce al resentimiento. El odio mata el espíritu y paraliza con amargura a la persona que lo siente.
Hay empleados que entran a sus puestos de trabajo con un carón y se van con otro carotón. Si se tratará de adivinar cómo está su corazón y, sin tener visión de rayos láser, sería fácil decir que está podrido y su forma sería igual o peor a una ciruela pasa.
Estimado amigo (a), cuando usted pierde el control de sus emociones en su trabajo, lo mejor es siempre tomarse un tiempo para enfriarse antes de tratar de resolver lo que le molesta. Las acusaciones formuladas en caliente suelen ser poco profesionales, inadecuadas y contraproducentes. Una vez expresadas ya no pueden ser retiradas y pocas veces caen en el olvido. En el fragor del momento, los sentimientos pueden convertir llamas pequeñas en incendios y animosidades capaces de destruir una carrera.
En vez de caer en picada con sus emociones, intente (en lo posible) desarrollar un enfoque que lo lleve a resolver el problema en forma racional.
No es bueno enfermarse de la nada por puro odio, amargura o quien sabe qué. Por su salud, debe tirar a la basura cualquier sentimiento que afecte su imagen de excelente trabajador, pues de lo contrario se estaría suicidando como cualquiera que atenta contra su vida.
Si siente aburrimiento, sepa que esto embrutece. Su desafío es descubrir formas de participar más, de mejorar su trabajo sin agregarle simplemente más tarea.