No vale la pena sufrir por amores prometidos por embaucadores sentimentales que engañan a sus víctimas, dejándolas heridas después de beberse el néctar de su entrega ilusionada. A esos vampiros sin escrúpulos hay que espantarlos con firmeza y con la fuerza de la ley exigir la pensión alimenticia por los hijos que rechazan atender.
Lo que vale le pena es ocuparte en primer lugar de enterrar en el cementerio del olvido tus preocupaciones y obsesiones sobre lo que es superfluo y nada vale, como la etiqueta que sobre ti te pongan los que sólo ven el dinero que tienen otros, o la ilusión tonta de querer sobresalir en todo. 2. Defenderse y más bien preguntarte sobre cómo va tu vida, hacia donde te diriges, si hay calidad en lo que haces, si te sientes bien contigo mismo, si estás luchando por alguna causa que te trascienda y te haga dejar una huella perdurable en el mundo. 3. Hacer lo posible para estar al tanto de que cómo va la historia de dolor de gente que tú conoces y que necesitan más de ti. Preguntarse sobre qué más podrías hacer por tu "prójimo o próximo". 4. Aprende a valorar el tiempo de tu vida y ocúpate de pensar, aprender, escuchar, entender y profundizar en el misterio de la vida. Para eso medita, ora, lee la Palabra, congrégate en tu Iglesia, participa de la Eucaristía y aspira al Espíritu Divino que se te transmite de mil maneras. 5. vive el Ahora como lo único que tienes y concéntrate en el presente, saboreando lo que la vida te brinda y que se escapa muchas veces por estar con la mente ocupada en el pasado o en el futuro. 6. Relativiza todo lo que te ocurre y así tanto en los éxitos como en los fracasos di: "también esto pasará" y no les de más importancia a los acontecimientos de lo que tienen y concéntrate más en tu vida interior, de tu relación con Dios que de las cosas que vengan de fuera. No dependas de lo que te pase para sentirte en "tu centro", ya que lo esencial es vivir anclados en el que nunca cambia, el Absoluto, Dios Nuestro Señor.
Vale la pena vivir y morir por una gran causa, y la mejor, construir el Reino de Dios en un mundo cruel e inhumano, donde todo se compra, se prostituye y se degenera cuando se satisface el ego devorador y aniquilador, que hace de los seres humanos voraces depredadores de sus propios hermanos.