Desde niño aprendí a valorar todas las profesiones sin distinción, pues cumplen una función constructiva en la sociedad. Sin embargo, hubo dos de las profesiones que me llamaron profundamente la atención, quizá debido al apostolado que hay que tener para ejercerlas. Estas son las de médico y maestro.
El médico nos cuida la salud y por consiguiente la vida, lo más preciado que Dios ha dado al hombre sobre la tierra, en tanto que el maestro nos aparta de la ignorancia y la falta de conocimientos con que nuestros padres nos trajeron al mundo. Haga usted un ejercicio y verá que casi la mayoría de las personas que han ido a la escuela recuerdan los nombres, e incluso detalles, de quiénes y cómo eran sus primeros maestros.
Al maestro, sin embargo, se le paga mal por este servicio tan especial que le ofrece a la comunidad; tanto es así que, en estos días me entero por las noticias que todavía cerca de 500 abnegados trabajadores de la educación panameña no han recibido su salario, a pesar de lo avanzado del calendario escolar.
Esta práctica de no pagarle a los trabajadores a tiempo, es consecuencia de la burocracia y el poco importa que inunda los altos estamentos administrativos y financieros del gobierno, ocupados más a veces en sus propias necesidades que en cumplimiento de los compromisos contraídos.
Ninguno de los altos funcionarios del Ministerio de Educación y la Contraloría, que viven en la ciudad viajando en carros con aire acondicionado, viáticos y otras facilidades, parece que ha sufrido en carne propia el drama de estos educadores que son padres y madres de familia, y que, para ganarse el sustento tienen que internarse en lo más recóndito de la serranía para llevarles la luz del saber a sus hermanos a como dé lugar.
Tampoco parecen saber de la tragedia de ver llegar la quincena sin un real en el bolsillo y tener que recurrir a pedir crédito en la tienda más cercana para conseguir los víveres y demás enseres para sobrevivir, sumidos en una espera prolongada como si fuesen mendigos y no trabajadores.