Para que el Evangelio sea conocido y acogido por quienes viven su fe a medias, es muy necesario que nosotros reflejemos en nuestras actitudes y criterios, sobre todo en nuestro amor al prójimo, la misericordia de Dios, que quiere reunirnos como familia suya. El primer paso es el testimonio de nuestra vida, como ya lo hemos reflexionado en el encuentro anterior.
"Sin embargo, decía Pablo VI, esto sigue siendo insuficiente, pues el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado -lo que Pedro llamaba "dar razón de vuestra esperanza"- , explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús".
ILUMINEMOS LA REALIDAD
Los apóstoles, después que se les apareció el Señor resucitado y recibieron el Espíritu Santo, se sintieron impulsados a anunciar por todas partes quién era Jesús, sus obras y su predicación. Querían que todos creyeran en Él y se convirtieran. Por eso escribieron los Evangelios. Leamos: Juan 20, 30-31.
En los Hechos podemos observar el valiente testimonio que da Pedro ante las autoridades de su tiempo. Hechos 4, 5-14.
ACTUEMOS
Lo que Dios quiere es que todos sus hijos e hijas le conozcan y le amen. Para realizar su designio cuenta con nosotros. Nos confía la misión de dar a conocer las obras de su amor.