domingo 8 de agosto de 2010 

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TERRAPLEN DE
almas olvidadas

Thomas Rorke | Crítica en Línea

Los días pasan en el Terraplén. El vaivén de obreros y maquinarias en la construcción para la segunda fase de la Cinta Costera es la nota característica, mientras un grupo de señores golpeados por sus vicios conversan y se guarnecen del caluroso sol en una esquina.

Uno de ellos es Manuel Acosta, de 49 años, a quien se le nota la hinchazón de tanto alcohol en rostro y su aliento lo delata. Está delgado, desaseado, pero amigable y sonriente. Se gana la vida limpiando gallinas y cuidando carros para ganar $10 a $15.00 en un día.

Tiene tres hijos y una nieta, vive con ellos en una apartamento de los arrabales y dijo no padecer enfermedad alguna.

Lo encontramos con su grupo de amigos como es usual. Sus miradas desorbitadas, mientras hablan al unísono y luego callan para escuchar las historias de sus camaradas.

Solo uno de ellos muestra un mejor semblante y con claridez reconoce que el licor lo llevó a vivir en las calles desde hace 10 años. Rafael Quintana, tiene 53 años, cambió la mecánica industrial y su empleo donde laboró por 27 años por una botella de ron. Dejó de ganar $600 mensuales para obtener $15.00 por día haciendo diligencias, cargando pescado, llevando niños a la escuela, y hasta ayudando a unos mécanicos de motores fuera de borda.

Tiene un hijo de 11 años, quien vive con la madre en Calzada Larga. Ha sido detenido varias veces por peleas callajeras y la vida social repleta de mujeres, música alta y escándalos, llegando a pasar de uno a cuatro meses detenido en la cárcel de Tinajitas, en cuatro ocasiones.

Dice añorar la vida de antes, pero su voluntad está vencida y padece de cirrosis. De vez en cuando ve a su familia que le regala ropa, calzado y comida, cuenta Rafael, quien encuentra el descanso en una acera acostado en un pedazo de cartón.

Ya no tiene dónde dormir, pero dice tener muchas amigas quienes en un pasado próspero él ayudó, y con quienes da riendas sueltas al jolgorio.

Otro personaje que aparece durante la entrevista es el colombiano Leandro Francisco Barrera, de 39 años, pero parece de 49. El ron lo acaparó hace 7 años. Desde hace 5 años no ve a su hija y ex mujer, quienes viven en Italia. Perdió su trabajo hace seis meses.

Este hombre de tez blanca, ojos verdes y cabello negro, vigila los carros para sobrevivir. Vive en la casa de un pastor y sus ojos apagados dejan ver su agonía.

Tiene problemas cardíacos que le dejó el alcoholismo y las unidades del SPI lo han arrestado por tantas peleas. "Me he resignado y he analizado que debo seguir con la resocialización. Quiero cambiar porque esta vida es muy crítica", apuntó.

El comedor Luz y Vida que una vez alimentaba a cientos de indigentes en San Felipe, ya no existe, ahora es un hostal para turistas. Nuestros personajes esperan a personas solidarias o o monjas que pasen y les regalen algo de comida.

 

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