De los recientes sucesos de nuestra política quedaron muchos sinsabores, pero por fortuna surgieron dichos y jocosidades que durarán algún tiempo para borrarse de la vida cotidiana. Tenemos varios ejemplos de ellos.
El primero fue escuchado a una billetera que con justa razón, vende los números bajos, casados con una lista de su propia cosecha con números altos y de tres cifras.
La dama advierte una sola vez al comprador la forma de adquirir sus números deseados. Y, si alguien se atreve a preguntarle : Y, ¿cómo sé yo que usted me va a pagar si juegan sus números?, la señora contesta enérgicamente: ¡Miráme a la cara!... y después mira la de los demás.
El grupo que rodea el tablero de la doñita, suelta carcajadas que consiguen la ratificación de la venta de los números casados por un lado y el meneo de la cabeza del "chinguero" que paga, por el otro.
El otro dicho : ¿Qué clase de cambio?, que como estamos con escoba nueva, le cae a todo el mundo. Por ejemplo: Al que pasea su perro y no recoge la mierda de parques y veredas, cualquiera le grita desde un bus o un carro: Cambia, recógela y bótala.
En las filas de clientes y pacientes se escuchan las voces de cambio con los que pretenden adelantarse a los que pacientemente esperan su turno. Uno de los primeros se escuchó en quesos Chela en Capira, cuando unos mozalbetes con más tatuajes que yegua de pobre, pretendieron violar la fila de los duros de leche agria, el público los obligó a portarse bien con las voces de: Cambien, formen su fila.
A todo esto yo que conozco la fragilidad gubernamental de nuestro sistema, ténganlo por seguro que apenas el cabecilla no cumpla con sus promesas, como la de eliminar al innecesario PARLACEN, todo el contagio entusiasta se vendrá abajo y el desorden reinará otra vez en Panamá, como cuando cada gallote halaba con su pico.