El 22 de junio a mi llegada a las instalaciones del estadio monumental Cuscatlán de San Salvador, junto a otros panameños, fui recibido con gritos e improperios, palabras obscenas e insultos contra nuestros raíces.
Eso no me lo contó nadie, lo viví en carne propia y en ese momento, como periodista, lo miré como una reacción normal de los fanáticos de casa que buscan de una u otra manera provocar a la visita. Sucede en todas partes.
Tampoco podemos juzgar a todos los salvadoreños por igual, hubo quienes estrechaban la mano de nuestros compatriotas y otros que le pedían autógrafos a nuestra leyenda del boxeo, Roberto "Mano de Piedra" Durán.
Empero, es criticable la actitud del árbitro, de la policía y de los mismos miembros de la Federación Salvadoreña de Fútbol, quienes en ningún momento velaron por la seguridad de los jugadores istmeños.. nuestro defensa Adolfo Machado fue agredido desde el primer saque de banda, el marco defendido por Jaime Penedo fue bombardeado con objetos en los dos tiempos de aquel partido.
Toda la "Marea Roja" presente en las tribunas esperamos una reacción del referí de ese juego Marco Rodríguez, pero no fue así, nuestra selección fue víctima de aquel arbitraje localista, pero también fue víctima de la inocencia, pensamos que podíamos ganar el partido limpiamente, sin tirarnos al piso, sin parar el choque para pedir seguridad, sin apelar a esos factores extra fútbol, que a veces sirven para asegurar un resultado.
Aquí no estamos llorando por algo que pasó y es difícil de revertir, se trata de defender algo de lo que fuimos testigo y que ahora el presidente de la Federación Salvadoreña de Fútbol quiere hacer ver que no pasó nada.
Muchos son los panameños que me han dicho que gracias a Dios perdimos y que tal vez la derrota fue algo divino, porque hubo quienes creyeron que si Panamá ganaba podíamos haber terminado muertos en el Cuscatlán.
Esta última aseveración puede parecer hasta exagerada, pero nada lejos de una realidad que vivimos los cerca de 500 panameños que estuvimos el 22 de junio en El Salvador. Hay hasta confesiones de miedo.