Para algunos especialistas, la regulación adecuada de los conflictos, es en la actualidad, la preocupación principal de los países democráticos. En este sentido, ha sido estratégica la decisión del gobierno, de permitir el inicio del segundo gran diálogo nacional por la seguridad social. En este caso, para mejorar la nueva Ley 17, que regula el sistema social de Panamá, pero, con un enfoque distinto al que se produjo años atrás con los auspicios del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
Tenemos que aceptar que este diálogo nacional, es producto de las acciones de fuerza en las calles por el Frente por la Defensa de la Seguridad Social, que desde hace unos años, se ha incorporado a una nueva forma de presionar políticamente, para defenderse de lo que consideran atentados contra sus derechos en las calles.
Pero, en el fondo, estamos frente a la confirmación internacional, del debilitamiento de las viejas instituciones y de los partidos políticos. Sin desconocer que muchos de los que se han estado manifestando en las calles, pertenecen ya sea a partidos políticos o que tienen afinidades políticas determinadas, el Frente, que es una heterogénea coalición de obreros de la construcción, médicos, enfermeras y profesores, entre otros, no ha necesitado la convocación de ninguna estructura partidaria para actuar.
Con todo respeto de los sociólogos y los entendidos, pareciera que estos movimientos apuntan hacia la existencia de un fuerte temor por un futuro incierto, de una intranquilidad casi existencial, que los aglutinó y se convirtió al mismo tiempo, en el motor de la participación masiva.
Este temor a lo desconocido que resultará el impacto en sus escuálidos bolsillos y en el tiempo futuro el alza del costo de vida, está afectando más allá de los planteamientos y de las razones econométricas, de los defensores de la viabilidad financiera de la institución. Si no cómo explicar por ejemplo, la distancia que se produjo entre los ciudadanos y sus líderes, al ser planteada la nueva constitución de Europa.
Tal como lo afirmara un jurista sudamericano, es más fácil descubrir lo injusto y lo incorrecto, que discernir lo especialmente deseable.