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Levantarse temprano para llegar al trabajo, donde desempeñamos las funciones con eficiencia y rápidamente; somos cordiales con los clientes, cuando se nos pide que hagamos una tarea, la hacemos no al cien por ciento, sino al trescientos por ciento bien. Si una misión no está terminada a la hora de salir, nos quedamos hasta que se cumpla. Somos diligentes y superamos las expectativas de nuestros superiores. Esta debería ser la característica del trabajo del panameño común. No obstante, los hechos son otros, en el extremo exactamente opuesto de este mundo ideal.
Los hombres y mujeres de este país, una gran mayoría, porque no es correcto decir que todos, están acostumbrados a vivir en su "hora panameña", que es siempre más tarde que lo programado. Las tareas se hacen a medias, o según convenga, para salir más pronto de la oficina.
Desobedecemos pronto las órdenes o las sugerencias de los superiores, y tratamos de hacerle trampa en la primera oportunidad. Somos mentirosos y procuramos sacarle a la empresa donde laboramos la mayoría de los recursos, sin darle trabajo eficiente y abundante a cambio. No nos preocupamos por ser más productivos, creativos e ingeniosos. Hacemos lo que tenemos que hacer de la manera más rápida, aunque no necesariamente bien.
Cuando volteamos a ver, nos hemos convertido en empleados comunes y corrientes, en quienes no se puede confiar del todo, y hacemos nuestro trabajo como lo haría cualquiera, sin descollar ni convertirnos en personas que se superan continuamente. Por ende, al final del camino tampoco conseguimos un trabajo de mayores ingresos, pues no somos unos trabajadores excepcionales, metiéndonos en un circulo vicioso que no tiene salida fácil. |