A todos nos enseñaron en el colegió que somos como los árboles. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Sobre este último punto, deseo preguntarte algo: ¿Estás preparado para la muerte?
Siento que tu respuesta será resbaladiza porque, probablemente dirías: para qué voy a pensar en cosas tristes. Bueno, tal vez tengas razón, pero te digo algo más. Prepararse para la muerte es prepararse para vivir en el cielo o en el infierno.
Cuando uno muere no hay muchas rutas. Los vehículos que se toman tienen un letrero que dice: Camino a la eternidad o camino al infierno. Lo delicado es que, una vez muerto, ya no puedes elegir la ruta deseada, pues Dios quiere que nos preparemos para la muerte desde que nacemos. El quiere que caminemos por un puente llamado Jesús para poder tener el pasaporte en mano y subir sin preocupación al bus más confortable, un vehículo moderno donde no habrá llanto ni crujir de dientes, como la Biblia dice que le ocurre con los pasajeros de a otras clase, esas personas que no se preocuparon para morir con Cristo.
Cualquiera de nosotros, sino hemos experimentado una pérdida importante, necesitamos saber que no estamos desamparados ante la posibilidad de un acontecimiento inevitable en nuestras vidas. Podemos prepararnos para las pérdidas incluyendo la muerte de un cónyuge, hijo, padre, hermano, amigo, divorcio, hijos que se van de la casa, cirugía mayor, pérdida del trabajo o cualquier otro cambio importante en nuestras vidas, pero lo más importante es saber que alguien murió por nosotros y quiere darnos vida eterna si le decimos sí.
Si quieres estar preparado para morir, memoriza estas palabras, cierra los ojos y repite: "Señor, reconozco que soy un pecador. Soy quien debió estar en la cruz por tí, pero valoro lo que has hecho por la humanidad. Gobierna mi vida y te reconozco como como mi Salvador. Amén".