Hace tres años, conocí a una ciudadana colombiana cuya familia la envió a Canadá para evitar la persecusión de la guerrilla. La chica, una estudiante de idioma francés, dijo que tuvo que huir pues su padre fue amenazado por las FARC.
"He comenzado una nueva vida, mi novio y mis padres ya están en camino a Montreal", me dijo la joven que sollozando recordaba a su tierra.
Otra colombiana residente en Québec decía lo mismo. Hizo familia en Toronto y llevaba quince años en Canadá.
Casos así hay también en Panamá: gente de Colombia huye de su patria para buscar un futuro mejor, más tranquilo; sin la sombra de los batallones paramilitares y el acoso de la guerrilla izquierdista.
La vecina república de Colombia se encuentra en una abierta guerra civil que lleva cuatro décadas. En este supuesto conflicto de baja intensidad, las víctimas de la violencia entre las fuerzas insurgentes y el gobierno en Bogotá ascienden a un millón de refugiados que deambulan a lo interno del vasto país sudamericano.
Hoy, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para refugiados indica que unos 200 mil desplazados han tenido que escapar de su tierra, dejando atrás familia, bienes y recuerdos de una nación conflictiva.
Unos 30 mil colombianos han solicitado asilo en otras naciones.
El representante de la ONU en Bogotá, Francisco Galindo, declaró que esto revela el efecto mundial de la crisis humanitaria que vive Colombia, que afecta igual a toda América.
Indudablemente, es inminente que la violencia genere más refugiados en el futuro. Ya unos 665 colombianos en Panamá, esperan forjar un nuevo destino en el Istmo.