La zona costera de la península de Azuero, es decir, la parte más baja de ese territorio, ha vuelto este año a sufrir los rigores de la sequía, por lo que, el estado debe diseñar y poner en práctica alguna estrategia de dotación de agua a la ganadería y los cultivos, o la producción agropecuaria, de la cual dependen más de 150 mil panameños, terminará seriamente afectada.
Apenas comienza el invierno, que esta vez se ha manifestado con lluvias incipientes y espaciadas, y ya nos están llegando noticias desde varios corregimientos que dan cuenta de los efectos dañinos causados por la falta de pasto para el ganado.
Estos efectos negativos en la ganadería de subsistencia, sobre todo, tiene consecuencias de tipo social para el campesino santeño y herrerano, ya que al no encontrar una respuesta para atenuar las pérdidas, terminará cerrando sus hatos y emigrando hacia otras tierras como ocurrió a partir de 1950.
Mientras nuestros gobernantes se preocupan más por la negociación de un Tratado de Protección Comercial (TPC) con los Estados Unidos, el agro panameño libra una feroz batalla para continuar sobreviviendo y llevando a la mesa de los consumidores la comida diaria, lo que garantiza, además, la independencia alimentaria del país.
En Azuero hay que revertir el proceso de deforestación a gran escala, iniciado por los antepasados, y crear nuevas alternativas que den como resultado, por ejemplo, la clasificación y conservación de los suelos dependiendo del tipo de uso.
La improvisación de que han hecho gala los planes gubernamentales, en los que se han invertido sumas de dinero sin resultados concretos no puede continuar.
La contaminación por desechos urbanos ha comenzado a aparecer en los ríos, y la sedimentación por la tala de las partes altas sigue su curso devastador sin que se adopten medidas para proteger el recurso hídrico cada vez más escaso.