Hoy se conmemora el segundo aniversario del asesinato de Monseñor Jorge Isaac Altafulla. El hombre que por muchos años estuvo a cargo de la formación de sacerdotes, fue ultimado de 14 puñaladas en la iglesia de Guadalupe.
Su homicida fue un joven que quiso ser sacerdote en los tiempos en que Altafulla estuvo al frente del Seminario Mayor San José.
Para estos días se desarrolla el juicio contra ese joven llamado Marcos Manjarrez. No queremos entrar en los pormenores de las cosas que pudieron motivar ese horrendo hecho. De eso se encargará la justicia panameña.
Lo que importa es que nadie tiene derecho a quitarle la vida a otra persona. Sabemos que un joven que aspiró a ser sacerdote, en su yo interior debe estar arrepentido. Al final, el sincero arrepentimiento es lo que le brinda tranquilidad espiritual a cualquiera.
Claro está que el acusado llevará siempre en su mente ese crimen, pero el arrepentimiento lo ayudará a reducir sus penas y pesares.
Hemos observado que en la audiencia por el caso Altafulla se buscan argumentos para dañar la imagen tanto del religioso como del homicida. Uno no puede defenderse, porque lo mataron y el otro está inmerso en una crisis, que a cada momento le arranca el llanto . ¿Valdrá la pena utilizar esos recursos para ganar un caso?.
Al mismo tiempo hay que resaltar que el asesinato perpetrado contra un prelado católico demuestra el grado de violencia en que está inmerso Panamá. El nivel de tolerancia es mínimo y paralelo a ello, la salud mental de los panameños está deteriorada.
Urge que los panameños hagamos un alto y en familia se discutan temas como éstos que día a día vienen destruyendo a la sociedad panameña. !Hay que tomar correctivos para frenar la violencia!.