Fueron los persas los primeros que lograron a partir del lobo, muchas de las razas de perros que conocemos hoy día. No obstante algunos cánidos se han mantenido en estado salvaje y en el caso panameño, se ha sabido de coyotes atacando ganado y violando gallineros en campos y ciudades del interior. Los perros de San Felipe son diferentes e incomparables, porque a pesar de estar urbanizados son más peligrosos que una nube de zancudos israelitas, no por la sangre que ayudan a succionarle al pueblo, sino porque han perdido la moral y la vergüenza.
El olfato desarrollado por estos carnívoros de cuello y corbata, los obliga a revolcarse cotidianamente con la corrupción y sus instintos aviesos aprendidos no sabe dónde, los han convertido en crueles mercaderes de lo ajeno, que no atacan ni responden a razones ni a los golpes, pues la consigna de ellos es sencillamente atracar. Para estos perros el ataque a la delincuencia y a la pobreza no aparece en la bitácora, el pueblo que se cuide solo, esa es la línea de la cobardía y del poco importa.
Es por eso que con estos merodeadores de la carroña, de concesiones, de mega licitaciones y de terrenos a un centavo el metro, no valen las protestas de los ciudadanos, la educación, la salud ni la seguridad, esos gritos por justicia jamás serán escuchados. De nada vale cerrar calles, huelgas de hambre, morirse en las cárceles y que los indiecitos fallezcan por falta de sopita caliente. Que sepan todos los panameños, que los ojos y oídos de estas fieras en pleno orgasmo, no funcionan para otra cosa que no sea explotar al Istmo como si fuera una mina. El temor del mundo es que Panamá, después de recuperar su soberanía, la perdió con el narcotráfico y la delincuencia criolla. No demora en desplomarse derrotada el águila de nuestro escudo de armas, para que sus alas también sean comidas con todo y plumas, por los colmillos de los terribles quebrantahuesos de San Felipe.