Era un día de campo en las cercanías de Corinto, Grecia, la misma Grecia donde en la antigüedad Faetón conducía la carroza del sol, donde Marte encendía la sangre bélica de sus veraneantes y donde Venus hechizaba a las muchachas con sus galanteos.
La familia Paisanidis estaba de paseo cuando de repente una enorme águila bajó del cielo como un rayo y arrebató a su hijito de dos meses que dormía en una cesta. Fue un momento de pánico, de horror. Al bebé no lo hallaron sino varias horas después en la cima de un cerro y con las señales de las garras del ave en su cuerpecito, pero, felizmente, vivo.
Nunca pensó esa familia griega que de repente un águila fuera a bajar del cielo para darles ese tremendo susto y hacerlos sufrir horas de angustia. Sus presas son, normalmente, animalitos de tierra, ardillas, conejos, ratones, y a veces corderitos, pero esta vez el águila se arrojó sobre una criatura humana para llevársela a su nido.
¿Será posible que muchos no sabemos que hay otra clase de águila que está siempre al acecho y que baja súbitamente a nuestro nido hogareño para arrebatar a alguno de nuestros hijos? Esa águila no tiene garras de ave, sino que viene en cajitas diminutas, en sobrecitos de apariencia inofensiva. La sustancia que contienen se le entrega a un niño, a una niña, quizás en su propia escuela, y aquello que parece ser un inofensivo polvillo resulta ser una droga que se apodera de ellos y los atrapa con más potencia que las garras de un águila.
Hay además otra águila arrebatadora. Es esa destructora idea amoral que dice que nada es bueno y nada es malo, la cual arrastra a los adolescentes convenciéndolos con frases como: "Todos lo hacen, ¿por qué no tú también?", y: "La virginidad es anticuada; tú debes realizarte como mujer. " Y el jovencito y la jovencita que recibieron, quizá, una buena formación espiritual y moral en la casa, caen víctimas de aquella filosofía humanística que pretende darle muerte al Dios de la Biblia para suplantarlo con las falsas doctrinas de la deidad humana.
Hoy más que nunca todo padre y toda madre necesitan acercarse al Dios del cielo y buscar el consejo espiritual, la fuerza moral y la gracia salvadora que sólo se halla en Jesucristo. Él puede librar a nuestros hijos de las garras de toda águila destructora. No perdamos la fe.