Antes que llegara a Panamá el acordeón, procedente del Viejo Continente, el instrumento empleado para la ejecución de tonadas típicas y alegrar a los bailadores, era el violín.
Este instrumento de cuerda venía de los grandes salones y palacios imperiales de la alta sociedad europea, donde la clase adinerada se deleitaba oyendo los conciertos de música clásica.
En la campiña interiorana de nuestro país, el violín comenzó su carrera en manos de los hombres del campo curtidos en el trabajo rudo, quienes, extrajeron de su pequeña caja de resonancia, melodías armoniosas y arpegios que pronto se convirtieron en temas musicales de moda.
Algunas de estas composiciones musicales pasaron con los años a ser una especie de íconos, como por ejemplo los atravesados "La mula tumbó a Genaro", "Conejo muleto de Tonosí", "Se formó el arroz con mango".
El violín era el instrumento usado para alegrar actividades de trabajo colectivo, entre las que se contaban las "piladeras", "molederas" y las "vísperas", que eran reuniones de vecinos para preparar la comida y la bebida que se consumiría al día siguiente en las Juntas de Embarre y en la Peonadas.
Quizá el papel más trascendente que cumplió este instrumento fue el de haber sido utilizado para componer recordadas piezas musicales que aún hoy ejecutan los acordeonistas.
En violín compusieron sus inspiraciones musicales artistas vernaculares como Francisco "Chico Purio" Ramírez, Arquímedes "Melle" Herrera, Escolástico "Colaco" Cortez, Antonio "Toñito" Sáenz y Tobías Plicet.
De la mente creadora de estos artistas, sin formación académica en su mayoría, encontramos todavía piezas que son ejecutadas por los acordeonistas. Aún se escuchan temas como "La linda Ballestero", "Magdalena", "Santo Domingo", "Barranco del Río Muñoz", "Lucero del Sur", y tantos otros que sería largo enumerar.
Hoy, el violín ha desaparecido de las zonas rurales y ha vuelto a su lugar de origen en las orquestas sinfónicas y espectáculos exclusivos.