Yo rechazo a ser feliz si serlo implica gozar de la paz que tienen los muertos, sin preocupaciones ni angustias, sin nada que me incomode, empotrado en el granito de un corazón duro que no siente ni vibra ante el dolor de la tragedia de una humanidad castigada por el hambre y la violencia. Rehúso a la felicidad que consiste en asegurarme mi sobrevivencia con toda clase de resortes económicos, sin importar los medios para tener dinero y decirme: “qué bien, ya puedo descansar tranquilo; tengo mis graneros llenos y puedo aguantar los próximos cien inviernos.
La felicidad es generosidad sin límites, misericordia y paciencia sin límites, un vivir pendiente del bien que puedo hacer a los que son mi próximo y un saber vivir en el presente.
La felicidad deja atrás el pasado y no se preocupa obsesivamente por el futuro y sabe controlar sus miedos, ahuyentando los fantasmas creados por nuestros deseos ocultos y los traumas que arrastramos de muchos años.
La felicidad consiste en un contentarte con poco, con lo necesario para vivir, sabiendo poner en la balanza de la vida el mayor peso en los valores espirituales que no pasan nunca, y en segundo lugar todo lo que es un medio para vivir, y no un fin en sí mismo.
La felicidad tiene que ver con aguantar con serenidad los golpes de la vida, seguir adelante y permanecer anclado en el amor a Dios en primer lugar y al próximo como a uno mismo, sabiendo que todo pasa, nada es absoluto, solo el Señor y el cielo que nos aguarda.
La felicidad tiene que ver con vivir cada día como si fuera el último, consagrado a crecer integralmente, dejando fuera toda mediocridad y adorando al Eterno Padre, que nos manda a ser perfectos como Él lo es.
La felicidad tiene que ver con seguir un camino, siempre el más estrecho, el del esfuerzo y del sacrificio, el de Cristo el Amor Encarnado, con quien seremos invencibles a todo desánimo y fatalismo.