América Latina y los países en desarrollo de todo el mundo se encuentran al borde de lo que podría convertirse a futuro en una verdadera hambruna mundial. No por una devastadora sequía provocada por el calentamiento global, sino porque los constantes incrementos en el precio de los alimentos los están poniendo fuera del alacance de las clases sociales más necesitadas.
Ya ayer varios altos delegados de países latinoamericanos expresaron ante el Comité de Desarrollo del Banco Mundial (BM) su "profunda preocupación" por los excesivos precios en los alimentos y materias primas, al tiempo que solicitaron a esta entidad financiera internacional que apoye programas de bienestar social y mecanismos alternativos para facilitar el acceso a alimentos.
Todo comenzó con el aumento del petróleo, que encareció el transporte mundial, y por ende, hizo más caro todo el proceso de poner alimentos en la mesa.
La iniciativa de Estados Unidos y otros países de impulsar el etanol de maíz como combustible alternativo ha resultado ser peor que la enfermedad. Ahora la producción de maíz está dando prioridad a los biocombustibles, alterando el balance de la oferta y la demanda del maíz para la alimentación.
El propio Presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, ha anunciado que si no se hace un pacto global de políticas alimentarias, las actuales condiciones pueden configurar una "tormenta perfecta" de hambre mundial.
Y esta tormenta definitivamente tocará a Panamá. De hecho, ya estamos viviendo en carne propia, semana a semana, los fuertes aumentos en productos alimenticios. Esperemos que tal pacto mundial del políticas alimentarias se concrete. De lo contrario, estaremos viviendo un siglo de guerras por comida.