"Enrique velaba en su capilla, abatido y lleno de terror. Tenía la fiebre que acomete a los reos de muerte cuando no tienen la fortuna de contar con un corazón templado y un alma estoica...
"Enrique estaba desfallecido... La convicción que tenía... de ser culpable, y la consideración de que ante todo el mundo su delincuencia estaba probada, era bastante para quitarle su vigor. Además, un hombre que ha hecho en el mundo numerosas víctimas...
"Enrique, pues, tenía miedo...
"De repente... el centinela de vista .
"Era Fernando Valle.
"-¿Qué desea usted aquí, Fernando? -preguntó tartamudeando...
"-Vengo a salvar a usted.
"-¡A salvarme! ¿Cómo?
"-... Si usted no hubiese traicionado, es seguro que yo no habría tenido motivo para acusarlo; de modo que la traición de usted es la verdadera causa de que se halle así, próximo a ser ejecutado.... Pero, en fin -continuó Fernando-, yo lo acusé; y la causa indirecta de su condenación soy yo... La muerte de usted emponzoñaría con su recuerdo mi vida entera. Quiero ahorrarme esta pena y, además, hay una mujer que moriría si lo fusilasen a usted. Quiero que viva y que sea feliz; ella lo ama, y a su amor deberá usted su salvación. He aquí, lo que vengo a proponerle: usted se vestirá en este momento mi uniforme, se ceñirá mi espada y mis pistolas..., se echará... el capuchón sobre la cabeza, y nadie podrá reconocerlo...
"Enrique quedó estupefacto... No podía creer aquello...
"-Pero usted, ¿qué hará?
"-Eso no es cuenta de usted, caballero; yo sabré arreglarme.
"-Es que fusilarlo a usted en mi lugar.... ¡Fernando..., es usted mi salvador!
"Fernando respiró como si algún enorme peso acabase de quitársele del corazón... Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas, y murmuró con voz ronca:
"-¡No creía yo que había de morir así!
Así como Fernando Valle fue fusilado en lugar de su amigo Enrique Flores al final de la clásica novela Clemencia, escrita por el mexicano Ignacio Manuel Altamirano, también nuestro Señor Jesucristo fue crucificado en lugar de cada uno de nosotros. Correspondamos cuanto antes a ese amor, al que debemos nuestra salvación eterna.