La finalidad del castigo es asegurarse de que el culpable no reincidirá en el delito, y lograr que los demás se abstengan de cometerlo... (Becario)
Hace tiempo que quería llevar esta nota a la atención de ustedes, mis queridos lectores, pero otras reflexiones siempre me obligaban a posponerla; hoy, sin embargo, encuentro propicio el momento, así que, allí les va.
Una televisora local, tiempo atrás, incluía en su programación una serie policial-investigativa donde, de día, el juez en cuestión mostraba su frustración al no poder enviar a la cárcel a los culpables, tan sólo porque los vericuetos legales se lo impedían. Pero por la noche, ya relevado de su investidura oficial, este juez se convertía en el verdugo del hampa, ya que, luciendo una larga melena y manejando una moto, este hombre de leyes -a las cuales se sometía- iba a la caza del, o de los, malandrines que pudieron escapar de la justicia, gracias a los tantos tecnicismos legales exhibidos.
De hecho, aquí en Panamá, en vida real, debería surgir no uno, sino varios de esos jueces que, sintiéndose impotentes para condenar y sentenciar, también opten por montar una motocicleta o conducir un auto, para, salir a buscar, encontrar y eliminar a esas escorias humanas que gozan de una impunidad que la Ley no contempla. Los panameños, sin ninguna duda, quisiéramos ver a nuestros jueces o a quienquiera sea dentro de la estructura de la vindicta pública, que estén dispuestos a convertirse en verdugos de aquellos imputados, culpables, en virtud de todas las pruebas aportadas, pero que un jurado de conciencia (precisamente porque sus miembros no quieren tener "cargos de conciencia"), declaran inocente a un individuo -menor infractor o adulto imputado- que deberían ir derechito a la cárcel para pagar la deuda que contrajeron con la sociedad, al transgredir la Ley y el Orden, porque, de una manera u otra, ¡deben pagar! por el delito cometido.