Frente al sensible fallecimiento del Santo Padre, Juan Pablo II observé que varias personas estaban interesadas en saber si el gobierno daría día libre por el duelo que embarga al mundo por el deceso del Sumo Pontífice.
En vez de estar condolidas por la muerte del guía de los católicos, ese grupito de vagos pensaban más que todo en el asueto, para libar o irse a las playas, como si lo sucedido fuese algo que se deba celebrar.
Ante la muerte de cualquiera persona debemos guardar el debido respeto, más si se trata del máximo representante de la Iglesia Católica, religión que profesan la mayoría de los panameños.
El día que se realicen las honras fúnebres de Juan Pablo II lo menos que podemos hacer es acudir a la parroquia más cercana para orar por este hombre, que hizo muchos aportes a la humanidad.
Quién no recuerda su visita en 1983, cuando besó la tierra panameña y bendijo a este pequeño país.
Además, Panamá es un país con demasiados días de asueto. El pretender aprovechar un momento de luto mundial, para no cumplir con las obligaciones diarias, no es lo más sensato.
Los católicos pueden asistir en la mañana, tarde o noche a las misas que se oficien para rendir tributo al Papa Viajero. El Pontífice que nos vino de Polonia fue una demostración de trabajo permanente. Dos días antes de su muerte y aún padeciendo los males que le aquejaban intentó hablarle a los católicos congregados en la Plaza de San Pedro.