De qué gobiernos de 1906 para acá, usted ha escuchado la existencia de miembros de gabinete señalados por apoderarse de la servidumbre municipal como Miguel Ángel Cañizáles?...¡Nunca! O, en el peor de los casos ¿en qué libro, periódico o texto se ha sabido de algún ministro como el mismo deprimente señor Cañizáles, ex cabo de las Fuerzas de Defensa por añadidura, que no se sepa el significado de los colores patrios?
Por otro lado, en los titulares de Salud, nadie recuerda tantas desgracias, así como tampoco la popularidad de un ministro que haya traspasado fronteras con su apodo de “pedorro” y que acompañe el ruido de su fétida murga con un vocabulario extraordinariamente feroz y vulgar.
Revisando nuestra cortísima historia republicana, notamos una terrible devaluación en la calidad de nuestros gobernantes y funcionarios a través del tiempo. Mentiras, impuntualidad, poco importa y soberbia son algunos de los condimentos no ocultos en el común denominador de sus comportamientos. Se explica entonces por qué este paraíso estratégico y lleno de recursos avanza sin planificación, sencillamente por el tránsito de ineptos que no atinan a proyectar a largo plazo los intereses sustantivos del país como la educación, la seguridad, la urbanidad y la salud. En los comienzos de la República los forjadores de la nación inauguraron un plantel como el Artes y Oficios que hoy día agoniza por la falta de gobernabilidad y de mucha gente con tripas de calabaza en las cabezas. Aquellos ilustres conductores de la patria calificaron personal para canal y aumentaron la tecnología en el Istmo. Si usted compara ese esfuerzo de los mandatarios de principios del siglo, con la farsa montada con la Ampliación, se dará cuenta que del 7 de noviembre de 1903 a la fecha, ha disminuido la calidad gobiernista a tal unto que no me extraña verlos gobernar otra vez desde los palos de mango, como supone Julien Soriel en su ensayo “Los monos volverán a sus árboles”.