El canto de las cigarras me indicaba de niño que se acercaba la Semana Santa. También los deseos de mi abuela Teresa porque le compraran castañas y que la llevara a ver películas religiosas.
Era un niño con "mucho mundo por conquistar". A veces no me caía del todo bien servir de "guía" religioso a mis parientes.
Mi tía Elida tenía la manía de recorrer siete Iglesias. Para mí la primera y segunda eran novedad, pero el resto no me entusiasmaba.
Recuerdo los empujones y apretazones porque muchos panameños también querían visitar varias Iglesias en Semana Santa.
A mi mamá le gustaba asistir a una procesión. Tanto mi hermano Orlando como yo, buscábamos entretenimientos para no aburrirnos.
A veces aprovechábamos la procesión para tratar de conocer alguna chiquilla. Pero mi mamá nos exigía silencio.
Llegamos incluso a hacer travesuras en la procesión, como empujar al rezagado de adelante. Otras veces queríamos ponerles alfileres a las faldas de las niñas.
Realmente lo que más me gustaba era ir al cine con mi abuela. Cuando niño íbamos en autobús, lo que no era muy cómodo que digamos.
Ya en el cine me deleitaba conociendo cuestiones religiosas al estilo Hollywood (muy alejadas de lo que dice la Biblia).
También la Semana Santa hace cincuenta años nos traía extrañas leyendas y tradiciones.
El que se bañaba en la playa se convertía en pescado. Cuando era más grande, me bañé varias veces para ver si era cierto... y de pescado ¡nada!
Si uno subía un árbol en Viernes Santo se convertía en mono. También subí árboles y de mono solamente mis tatatarabuelos (según la teoría de Darwin y los genomas).
No se podía jugar ni gritar en esos días y varios pescozones se llevaban los niños inquietos.
Ahora todo ha cambiado. Mucha gente "hecha y derecha" convierten el Viernes Santo en día de fiesta y chupata. Compran licor una semana antes, y eso de comer pescado lo compensan con los ceviches de la parranda. No hay duda que ahora hay más modernismo.