Para Andrés López, industrial español, aquel sería un día de recreo, de holganza. Director de una empresa de fabricación de vidrio, gozaba de una posición económica desahogada.
Poseía una finca en León, norte de España, donde pasaba los fines de semana. En la finca se dedicaba a la cría de abejas. Ese día, de una manera extraña, las abejas lo atacaron. Con furia implacable miles de insectos armados de agudos aguijones cubrieron la cabeza, el cuello y los brazos del industrial.
El hombre se libró de las abejas, pero luego sintió síntomas de asfixia. Lo llevaron con urgencia a una clínica, pero ya en estado de coma. Las abejas, que siempre se habían comportado como aliadas suyas, esa vez, súbitamente, se dieron vuelta para clavarle su aguijón.
Si hay algo que duele en la vida es la traición. Pero la que duele más que ninguna otra es la traición de un amigo. Nada destruye más ni causa más daño que la infidelidad de una persona a quien uno ha amado con sinceridad.
Una traición como ésta es la que sufrió Jesucristo de parte de Judas, uno de sus propios discípulos, a quien la posteridad recuerda como «el apóstol traidor». Durante tres años y medio, Judas se había comportado como amigo. Había compartido la vida del Maestro, andando en compañerismo con todo el grupo de los doce que lo acompañaban. Pero en el momento más crítico vendió a su Señor, y eso por treinta miserables monedas de plata.
La herida que sufrió el corazón de Jesús, que ya estaba bajo la sombra de la cruz, debió haber sido muy grande. No sólo era un amigo quien lo traicionaba, sino uno en quien había depositado sus mejores promesas, a quien había dado sus mejores enseñanzas.
La historia del cristianismo está llena de casos de personas que han dicho ser amigas de Cristo, pero que lo han vendido a la primera oportunidad. Y lo han hecho, generalmente, por cosas materiales; o por ambiciones egoístas. Lo entregan a cambio de ascenso de posición social, o de poder político o de prestigio intelectual.
Cristo dio su vida para redimirnos eternamente. Traicionar ese amor es el desprecio más grande que se pueda perpetrar. Evitemos esa traición a toda costa. Seamos fieles hasta la muerte. Él nos dará paz y seguridad en esta vida, y por si eso fuera poco, la corona de la vida eterna.