El Cuipo es un árbol gigantesco que crece en la selva tropical húmeda, preferentemente en terrenos planos o cuencas de ríos y quebradas. Posee esta especie una fisonomía que lo distingue a distancia de los demás árboles, ya que se puede ver en la distancia con una belleza natural insólita, con su tronco grisáceo cilíndrico y su copa reducida adornada por una floración rojo ladrillo. Llega a medir hasta 60 metros de alto, lo que le da un aspecto desproporcionado en comparación con la pequeñez de su ramazón.
Como la madera es de consistencia blanda y llena de pequeñas concavidades, no tiene utilidad comercial; pero sus ramas sirven de sitio de anidamiento a muchas aves de vuelo alto como son los loros, pericos, guacamayas, torcaces, gavilanes, palomas y hasta la emblemática águila arpía, hoy en riesgo de extinción. A esa altura, los polluelos están a buen resguardo de cualquier depredador montaraz.
Quizá por ignorancia, o por la ambición de querer aprovechar el suelo para sembrar pasto para el ganado o plantar en su lugar otras especies maderables, los colonos y las compañías "reforestadoras" han desatado una tala indiscriminada contra este habitante tan pintoresco del bosque, sin que exista una regulación de las autoridades ambientales para proteger lo que, a simple vista, es un legado de una biodiversidad ahora en permanente deterioro.
Molestos por esa devastación incontrolada, indígenas Emberas y Wonan, en Darién, están denunciando la tala de Cuipos dentro de sus reservas comarcales, pero la voz de nuestros aborígenes no encuentra eco en las instituciones gubernamentales, y cuando se toman correctivos, estos se reducen a multas que son pagadas para continuar con la tarea de destrucción.
La comercialización de maderas como el Caoba, Cedro espino, María y otras variedades, acompañada de la reducción de la capa boscosa del país, están produciendo graves daños al ecosistema que se manifiestan con la escasez de agua y cambios en la temperatura del planeta.