Desde 1989 para acá, Panamá ha ganado mucho, pero naufraga con serio peligro de hundimiento. El boquete que ocasionamos al Estado lanzando por la borda a las Fuerzas de Defensa, sin un análisis adecuado nos ha convertido en la boba del continente, con autoridades gobernando a guisa de atajar políticos volantones en el casco viejo, mientras la delincuencia nacional e internacional hace de las suyas.
La quema de pueblos enteros por extranjeros en nuestro territorio y el sometimiento con metralla a poblaciones desprotegidas, son pequeñeces en crecimiento mientras los elegidos realizan el debido proceso ante una enorme ola de inseguridad que nos supera, pues ha secuestrado alcaldes, y sembrado el pánico en barriadas de la capital antes seguras como Bethania y Hato Pintado, obligando a los ciudadanos a vender y mudarse a otros sitios.
Ante esta incompetencia visible, no estamos lejos del día en que cualquier brazo armado de la delincuencia Amerindia, nos exija que de 8 a 10 a.m. de cualquier día, se cierren los accesos a la Avenida Balboa, porque ellos desayunarán pescado frito con patacones en el restaurante que a bien tengan. ¡Usted no está leyendo paja!, se cuentan del Panamá de hoy, de reuniones y fiestas de este tipo.
El descrédito soberano al que nos estamos acostumbrando no está en el terrorismo "quema ranchos", está en que los delincuentes saben que Panamá es territorio virgen en donde se pueden formar escuadrones de: Asalto, ajusticiamiento y hasta gobernar a su manera.
En conclusión, a esta hermosa mesa le falta una pata. Y se trata de un ejército completo y competente con un militar al frente, con presupuesto e independencia para devolver la seguridad a este paraíso. De lo contrario estaremos jugando a la casita, con puntillosos ejecutivos de escritorios que gozan de cierta seguridad como los ricachones, pero con miedo al sol y pánico a las aguas en donde sobrevive este acorralado pueblo convertido en la boda de América.