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EDITORIAL
Siguen las muertes violentas
Hay que llover sobre mojado: al país le falta una coherente y profesional estrategia de seguridad ciudadana. Quienes detentan el control sobre los aparatos de policía, fuerza marítima y aérea, no parecen estar respondiendo a las exigencias de una comunidad cada vez más agobiada por la falta de sosiego, y que teme que en cualquier esquina le esté esperando una bala o un puñal con aviesas intenciones.
Seguir cruzados de brazos, mientras la criminalidad ebulle en las calles y avenidas, es una falta grave, cuando no estrictamente criminal. A la Policía Nacional le faltan los recursos, tanto humanos como materiales, que permitan la adecuada custodia de vida, honra y bienes de los asociados. Lo mismo debe decirse de la Policía Técnica Judicial, del Servicio Marítimo y del Aéreo.
Pero sobre quienes más cae la responsabilidad, es en aquellos que están al frente de los policías de calle, esos que no tienen ni autopatrullas ni armamento adecuado. Esos que no tienen ni el salario ni las garantías mínimas para hacer su trabajo. Si no están en las calles ni están en Darién protegiendo el país de los ataques de guerrilleros, paramilitares y bandoleros, ¿Dónde están?, preguntó ayer el alcalde capitalino.
Si uno de esos policías, quienes son los más expuestos a las pillerías y al hampa, y por ende a la corrupción, es herido en el cumplimiento de su deber, le toca seguir los mismos trámites que cualquier ciudadano en las largas e inútiles filas del Seguro Social, donde no hay ni médicos atentos ni medicamentos abundantes.
Esto, por poner sólo un ejemplo. Porque los casos son de lo más diversos, y van desde un simple problema legal hasta un dolor de muelas.
Quien permite que la mediocridad campeé de esta manera bajo sus pies, de muy mala manera puede participar en el diseño de una profesional estrategia de seguridad ciudadana. Menos, si su interés está más puesto en las lides partidistas, y no en su trabajo policial.
Por ello consideramos un error mayúsculo mantener al frente de los cuerpos policiales (de todos) a civiles afectivamente vinculados a los partidos políticos o a los dirigentes de turno. Hacer cosa semejante trae como resultado la impericia que hoy sufrimos los panameños; provoca que el aparato de seguridad no se mueva con la espontaneidad y eficacia necesarias.
Por ende, la criminalidad se toma la ciudad y los campos como un cáncer que es imposible de frenar.
Primero, porque la comunidad no cuenta con personal motivado que la cuide y; segundo, porque ese personal es dirigido por funcionarios más preocupados por la politiquería que en el bienestar de uniformados y asociados civiles.
Esto sí, nos mantenemos sólo en la tesis de que los actuales rectores de las policías son meramente incapaces, e impedimos imaginarnos que podrían llegar -por su escasa formación política y apetito díscolo propio de la ambición desmedida-, a la corrupción.
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PUNTO CRITICO |
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