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A ORILLAS DEL RIO LA VILLA
La Navidad y los hijos de los pescadores (II)

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A orillas del río La Villa

La corriente de El Niño calentó las aguas del golfo y desde octubre trajo al norte, afectando gravemente la economía de esa aldea de pescadores. Tenían prácticamente tres meses que no iban a pescar. La existencia de los moradores era dura y precaria. Apenas si comían una vez al día. Por eso la Navidad no se sintió. Esa noche hubo en el pueblito un adolorido silencio. No hubo luces, cantos, fuegos de artificio, música, cenas, ni parranda. Empero, hubo sollozos entrecortados, desiluciones, decepciones, hambre.

A pesar de que el Niño Jesús nació en un pesebre porque sus padres no tenían cómo pagar la posada; a pesar de que formó parte de una familia pobre, sostenida por los trabajos de carpintería que realizaba su padre José; a pesar de que buscó como discípulos a pescadores y jornaleros y su palabra siempre estaba dirigida a favor de los desposeídos, la Navidad hoy en día, quienes menos la disfrutan son precisamente la gente pobre.

Los tres niños desde muy temprano se reunieron debajo del palo de agallo muy cerca de la plazuela donde jugaban béisbol. No pronunciaron palabra alguna. La tristeza reflejada en sus ojos los encerraba en un mundo oscuro. No se movían. Cabizbajos, revolviendo con un palito, el polvo del suelo, tal vez dibujando sus regalos que no llegaron, dejaban pasar las horas.

Las fugaces visitas de miembros de clubes cívicos, sociales y deportivos, que con mucha fanfarria llegaban al poblado regalando pastillas, pitos y globos y tomándose muchas fotografías, no habían podido sacarlos de su mutismo.

Lino, viejo lobo de mar, pobre como todos los pescadores, desde el portal de su casa, estaba al tanto del dolor de los niños. De un sucio baúl saca agujas, hilos, trapos, ligas, pedazos de lona y comienza a coser. Al rato, corta una rama de guásimo. Lentamente donde están los afligidos muchachos y les dice :

-Yo he sido pobre toda mi vida al igual que mis padres y mis hijos. Y si no llega el día en que todos los pobres nos unamos, seguiremos siendo cada vez más pobres. Tenemos que ayudarnos unos con los otros. Con mis rústicas manos he realizado sus sueños. Miguel, toma tu bate, Ramón tu pelota y Carlos tu guante...

Los niños saltan de alegría y la tristeza sale huyendo de sus ojos, escondiéndose en los manglares, y los niños con sus regalos jugaron contentos hasta el anochecer...

 

 

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