REFLEXIONES
Hijos indóciles
Licda. Dalys O. Sánchez A.
Psicóloga
Todo lo que el hombre sembrare,
eso también segará. Gálatas 6:7
La sociedad actual nos exige cada día más esfuerzos y sacrificios.
Es nuestro deber rendir al máximo en los centros de trabajo y en
las diversas actividades que conforman la vida cotidiana. De hecho, cuando
ingresamos a la escuela somos preparados para ser capaces, productivos y
eficientes. Llegamos, en ocasiones, al punto de perder nuestra esencia y
comprometemos los sentimientos, así como las necesidades que tenemos,
ignorándolas en el peor de los casos.
Dejamos de lado aspectos importantes de la vida como ser padres, amigos,
esposos, hijos y sólo vivimos en función de los problemas
y las preocupaciones. En este sentido, descuidamos el tiempo para sembrar
y luego esperamos, milagrosamente, obtener buenas cosechas.
En mi quehacer diario, he podido observar y escuchar cómo padres
e hijos dejan de comunicarse dando pie a una lucha que ha de durar muchos
años. Esta lucha se inicia cuando niños, niñas y jóvenes
no comprenden ni aceptan las normas de sus padres, cuando desean ser independientes
y tomar decisiones en sus vidas. Lamentablemente, en muchos casos, los chicos
no se encuentran preparados para la independencia que tanto desean y reclaman.
En cierta forma, los adultos somos algo responsables en esto, ya que
en el diario vivir perdemos de vista que es necesario enseñar a los
niños lo que deseamos que ellos pongan en evidencia en su actuar.
Creemos que aprenderán a respetar la vida de sus prójimos,
la propia, los bienes ajenos, que serán responsables y honestos y
además, sentirán amor por la patria; todo por arte de magia,
pero olvidamos una regla fundamental: nuestro trabajo es como el del agricultor.
Debemos sembrar, cuidar la planta y vigilar su desarrollo, para así
procurar la cosecha adecuada. De otro modo, lo único que obtendremos
será maleza y se habrá echado a perder el cultivo.
Si no dedicamos tiempo a los niños y jóvenes, no escuchamos
sus sentimientos, les imponemos sueños y expectativas, es probable
que crezcan sin identidad clara, sin metas, con poca creatividad y temerosos.
Tal vez, resulte más importante y hermoso guiarlos, acompañándolos
en su proceso de crecimiento; proporcionándoles la seguridad de contar
con adultos que intentan comprenderlos. Si las cosas fueran así,
sería más fácil manejarlos y quién dice que
no: Existirían menos hijos indóciles, viviríamos más
felices y con menos riesgos.
Para concluir, sólo quiero agregar que gran parte del amor que
los padres, educadores y adultos en general, brindemos a nuestros jóvenes
consiste en escucharlos y en aprender a educarlos con la disciplina que
le agrada a Dios, recordando siempre que "lo que se siembra se cosecha",
y esta ley nunca podrá ser abolida.

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| AYER GRAFICO |
| Instalaciones del diario "El Mundo" que apoyó al candidato
David Samudio A. |


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