Parece que el matrimonio sin una entrega total y la relación sexual sin amor se están convirtiendo en nuevas normas de convivencia en esta sociedad moderna. Un resquebrajamiento en lo moral, una situación crítica aparece en muchas partes y sufre el matrimonio, por supuesto. Las personas deben realizar que las relaciones sexuales fuera del matrimonio están prohibidas, porque así Dios lo quiere y no porque el sexo sea algo sucio; sino porque es algo demasiado precioso para profanarlo usándolo de manera inapropiada. Una relación profanada endurece e insensibiliza el corazón y destruye el espíritu y la personalidad. El amor y la relación sexual llegan a ser maravillosos cuando dos personas se entregan de lleno una a la otra, con el cuerpo, el alma, la mente y todo su ser hasta que la muerte los separe.
A los jóvenes que están buscando un cónyuge les decimos: Busca una persona con la cual puedas vivir y no sencillamente una con la cual puedas tener una relación sexual. Experimentar en este campo resulta un mal paso. La excesiva ansiedad por lo sexual es más señal de inmadurez que de amor sincero. El que ama verdaderamente ve en la otra persona alguien con quien vale la pena convivir para el resto de la vida y, por eso, puede esperar. El que ama puede sacrificarse, el que ama puede respetar, el que ama puede aguantar. Busca una persona a cuyos hijos tú podrás amar más que lamentar. Un niño que se desea en el matrimonio es algo que no tiene precio. Pero el niño nacido de padres que no se aman, que no lo desean, es un hijo que crece sintiendo un gran rechazo y experimentando dolor en su alma.
El sexo está para expresar el amor y también para la procreación. Dios y la mora católica no pretenden eliminar el placer sexual, sino mantenerlo dentro del marco adecuado; así, donde está la ética, donde está el orden, está la verdad. El desorden moral ha traído adulterio, fornicación, violaciones y asesinatos. Dios nos dio la razón, la inteligencia, la fuerza de voluntad, su propia gracia para poder gobernarnos internamente, para actuar como seres humanos racionales. Debemos ser concientes del valor de las Escrituras que nos enseña lo esencial que es el amor, que implica un santo respeto al prójimo como a uno mismo.