Todos los corruptos panameños y extranjeros sin excepción, sabemos que al final de cuentas estaremos eximidos por nuestros robos, sean estos por: naranjas, gallinas, cuatrerismo, salve, toalla, coima, tajada, extorsión o peculado.
La corruptela internacional muy pronto se dio cuenta de la conveniencia estratégica con que pueden ser acogidos y beneficiados en nuestro país. Las riadas de abogados, médicos y políticos corruptos han convertido a nuestro suelo en una zona de vida agradable y con todas las facilidades para proteger y disfrutar de fortunas mal habidas. No hay tirano, narcotraficante, ni malhechor notable de Sur, Centroamérica, Europa o el Caribe que a la hora del escape, no dude en arreglar sus maletas a partir hacia nuestras playas.
Si la corrupción de Corinto, fue la causante de su pérdida, la de Panamá, no está muy lejos de serlo. Este vicio en los criollos es tal, que desde la pata del palo comienza.
A nuestros delincuentes mayores los castigan desde afuera, entendiéndose que ni siquiera, nuestra corrupción es soberana.
Como yo creo firmemente en la resurrección y en la vida perdurable, cada vez que veo por la televisión que llevan maniatado a un supuesto ladrón, ya sea en silla de ruedas o trabajado con cualquier aparato ortopédico, me persigno y hasta les echo un Padrenuestro, porque dicen que es bueno sufrir camándulas ajenas, para lo del futuro cercano.
Mientras el cielo istmeño esté seguro para los delincuentes al descubierto, no habrá procesiones en donde usted no los vea revueltos con el resto de los mortales, caminando cariacontecidos y más arrepentidos que el mismo Judas. Los no descubiertos, ni se preocupan, pero tienen clarito que cuando les toque, dormirán con la Biblia debajo el sobaco mientras dure el simulacro.
A estas horas de la vida panameña, muy pocos escritores se han dado cuenta cómo somos nosotros, perdiéndose la oportunidad de escribir novelas legendarias y llenas de contenido.