¡Se llamará Hijo del Altísimo!
La inminente celebración de la encarnación del Hijo de Dios, que renovamos en la fe cada año en la Navidad, despierta nuestros mejores sentimientos y nos compromete a participar activamente en la realización del proyecto de salvación que Dios tiene para toda la humanidad. A esto nos motiva la liturgia de la Palabra de este cuarto y último domingo de adviento.
"El Santo que va a nacer se llamará hijo de Dios"
El relato de la anunciación a María Santísima, leído en el evangelio de este día, nos da la oportunidad de considerar la grandeza y significación del misterio de la Navidad próximos a celebrarse. No sólo es evidente la generosidad y disponibilidad de la Virgen María a los planes de Dios, sino, ante todo, la magnitud de la persona que va a nacer de ella, y su misión de Salvador universal. Por eso, el Ángel le anuncia que será engendrado por obra del Espíritu Santo y será llamado Hijo de Dios, y como descendiente de David, vendrá a instaurar un reinado eterno, según la promesa hecha antiguamente por el Señor.
Disponernos para celebrar la Navidad significa querer colaborar, como lo hizo María, en la realización del diseño divino de salvación para toda la humanidad, y, como ella, ser dóciles a la acción del Espíritu Santo, para que también en nosotros se encarne y se manifieste el Hijo del Eterno Padre. Además, estamos invitados a colaborar para que se difunda por doquier el reinado de Jesús, que es un reinado de paz y amor, de solidaridad y justicia, de gracia y salvación para todos.
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