Pisó el acelerador, mirando continuamente la aguja del velocímetro. Este fue subiendo y subiendo. Ochenta kilómetros por hora, cien kilómetros por hora, ciento veinte, ciento cuarenta. Por fin se estabilizó en 160. Y el vehículo, último modelo, corrió por dos horas a 160 kilómetros por hora.
No se sabe si el chofer se dio cuenta, pero cuatro coches de la policía iban detrás. Cuando por fin detuvieron el auto, los policías hallaron en el volante a Stanley Rutkowski, un anciano de ochenta y cuatro años de edad. No estaba ni embriagado ni drogado. Cuando le preguntaron por qué había corrido a esa velocidad, dijo: "Porque, al menos una vez en la vida, quería correr a 160 kilómetros por hora."
Este fue un caso interesante. Stanley Rutkowski fue una buena persona toda la vida. Fue buen marido, buen padre de familia, buen comerciante, buen ciudadano. Jamás cometió una infracción: ni de niño, ni de joven ni de adulto. Sólo que, a los ochenta y cuatro años de edad, una noche se le dio por correr a 160 kilómetros por hora. Sólo recibió una pequeña multa por exceso de velocidad.
¿Por qué será que a algunas personas les da, de repente, por hacer algo insólito? Quizá porque están hartas de hacer siempre lo mismo, hartas de la tediosa rutina de la vida. Quieren, a lo menos una vez en la vida, darse el gusto que nunca antes se han dado. En el caso del anciano Rutkowski, fue correr a 160 kilómetros por hora. Pero hay otros que hacen cosas peores.
El empleado, por ejemplo, que ha trabajado cuarenta o más años tras el mostrador de una tienda, y nunca se ha permitido el más mínimo desfalco. Pero un día, por quién sabe qué razón, se roba algo de la caja, y desaparece. Cuando la autoridad lo halla, él no sabe cómo explicar su acción.
O la mujer que, aburrida de ser durante tantos años buena esposa, madre y ama de casa, tiene una aventura con otro hombre. Al preguntarle cómo pudo hacer eso, ella no se lo explica. Una respuesta clásica es: "Al menos una vez en la vida quise darme ese gusto."
Esos momentos de tentación vienen porque existe dentro de ese corazón un vacío que nada ha podido llenar. Se piensa que si no se aprovecha alguna aventura en la vida, se pierde todo.
¿Qué hacer? Llenar ese vacío con algo espiritual. Ese algo es más bien Alguien, Cristo, que puede llenarlo. Él cambiará nuestro destino y nos pondrá en el camino de la justicia, la decencia, la moralidad y la felicidad. Abrámosle nuestro corazón a Cristo. Él llenará ese vacio.