domingo 5 de diciembre de 2010 

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RESCATE DE LAS OBRAS
El camino del olvido
(Continuamos con la parte final de la entrevista titulada LEONCIO AMBULO PÁEZ, El camino del olvido)

José Morales Vásquez ([email protected] | Investigador de Arte

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Recuerdo de Leoncio Ambulo aquel vestir elegante que tenían los profesores del Colegio Félix Olivares de la época, nunca vestimenta fuera de lugar, camisetas o cosas así, jamás. Siempre (como ejemplo para la muchachada inquieta de entonces, Próspero Vargas, el hijo del director Samudio, Ángel de Santiago, y tantos otros que éramos los traviesos y los criticábamos porque sabíamos que tenían pocos vestidos) asistían pulcramente ataviados.

Leoncio Ambulo a pesar de que era artista, era escultor, seguía esa tradición y su color clásico era el gris perla; usaba corbata cuando era menester, pues de diario usaba el saco sin corbata, camisa sport y el pantalón combinado con prestancia.

En los momentos cumbres, como graduaciones y eventos especiales, iba vestido con la mayor elegancia en la tradición de los profesores olivaristas, tal como el profesor Luis Cornejo, o el profesor Arquímedes Silvera, y otros que se ataviaban con esmero y pulcritud, no como ahora que hasta en la universidad usted ve a los docentes de cualquier modo. Era un tremendo ejemplo para nosotros, la muchachada estudiantil, que nos sentíamos orgullosos de tal ejemplo y ansiábamos tener las posibilidades de imitarlos en nuestra futura vida profesional.

Leoncio Ambulo, como profesor, mantenía una gran interacción con los estudiantes en sus clases, pero era una persona un poco retraída; como buen artista se encontraba en sí mismo y mantenía su fuero interno lleno de esa efervescencia del hombre creativo. Yo salí del colegio en el '53, así que calculo que en el '54, cuando se inaugura el Monumento a las Madres, él sería una persona de unos cuarenta y tantos años, afable y de un comportamiento excelente, muy decente en su trato con las personas, igualmente con el alumnado que estábamos bajo su égida en las clases. Recuerdo mucho sus clases de dibujo, sobre todo las perspectivas que nos exigía para que pudiésemos hacer algunas obras pictóricas de valía.

Físicamente era de mediana estatura, de complexión delgada, el pelo afroantillano, al igual que sus rasgos faciales; tenía una personalidad maravillosa e irradiaba talento, arte y lo demostraba con su obra escultórica; qué mejor muestra que esta Monumento a la Madre con su extraordinaria expresión de dulzura en el rostro, con su hijo en los brazos y otros jugándole alrededor.

Como era profesor y escultor, él tenía muchas obras y proyectos que veíamos de continuo pero, muchachos al fin, no le poníamos la atención debida; es una lástima pues todo ese bagaje lo dejamos perder. Imagínate que jamás pensé que tendría que hablar de él; lo hago ahora con el mayor gusto y los mejores recuerdos de este gran artista a quien realmente admiramos, un espléndido artista en todo el sentido de la palabra y un ser humano de extraordinarias ejecutorias.

Recuerdo con añoranza esa época de oro de nuestra provincia, donde profesores, humanistas, pedagogos, se asentaron en Chiriquí e hicieron de nuestra región un bastión de cultura y saber.

 


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